Esta industria llegó a ser una de las más importantes actividades del primer tercio del siglo pasado
10 feb 2017 . Actualizado a las 05:00 h.Somos, indudablemente, un reflejo de lo que otros antes que nosotros fueron. Y, por eso, mirar hacia atrás nos da perspectiva de los errores que hemos cometido, al explicar la historia cómo hemos llegado al lugar donde nos encontramos.
El conocimiento veraz del pasado nos permite calibrar lo que se ha ganado y lo que se ha perdido con el paso del tiempo, y, sin duda alguna, Corcubión ha perdido demasiado en los últimos cien años de su historia y muy poco ha ganado. Es la dura realidad, aunque no es nuestra intención efectuar un inventario de lo perdido, y sí solo un pequeño detalle de la actividad del carboneo existente en la ría en el primer tercio del siglo XX.
La industria del carboneo comenzó en la ría de Corcubión en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX y llegó a ser una de las más importantes actividades económicas en el primer tercio del siglo pasado. Y cuando se habla de abastecimiento de carbón en la ría, identificamos siempre a Plácido Castro Rivas y a la Compañía General de Carbones, S. A., con el llamado carboneo, pareciéndonos que son sinónimos. No obstante, fueron en realidad varios más los empresarios que probaron suerte con este negocio, instalando también sus depósitos flotantes en competencia directa con los anteriormente aludidos.
Es cierto que en 1902 fue Plácido Castro quien instaló un depósito flotante de carbón a la altura de la playa de Quenxe, al tiempo de poseer un almacén en tierra dedicado anteriormente a la salazón y a las conservas. Dos años después, en 1904, quien instaló otro depósito flotante en la zona de A Viña fue Celestino Miñones, un emigrante muxián retornado y primo hermano del banquero Manuel Miñones Barros, el padre de Pepe Miñones. Y, en ese mismo año, fue el propio Manuel Miñones el que instaló otro en la zona de A Boca do Sapo, muy cerca del llamado Faro de Cee.
Alberto Aznar Tutor instaló otro más enfrente al playal de Quenxe e, igualmente, en la misma zona instaló otro más la sociedad formada por Francisco Echaide, Joaquín García, Adolfo Cadaval y Antonio Miguel Prieto , este último, presidente en 1904 del Partido Liberal-Democrático, de Fisterra y cofundador en 1913 de la Sociedad Liga Agrícola del Ayuntamiento de Finisterre.
Tuvieron que transcurrir doce años para que en 1916 el almacén que poseía en tierra Plácido Castro fuese transferido a la Compañía General de Carbones, S.A., junto con los tres depósitos flotantes que poseía. Ocho años más tarde, en 1924, fue la empresa Astorcea Azqueta y Cía. la que fondeó otro depósito, también en la zona de la playa de Quenxe y al año siguiente, en 1925, fueron Basilio R. Caramés y Ramiro González Lorenzo quienes instalaron uno cada uno enfrente del playal citado, mientras el último de la serie se instaló en 1927 por parte de la Compañía General de Carbones, pero en este caso para dedicarlo a combustible líquido.
En fin, que fueron numerosos los mascarones que adornaron la ría de Corcubión durante varios años, cambiando de manos algunos o desapareciendo otros.
A primeros de 1927 se hundió uno de los pontones propiedad de la Compañía General de Carbones al abrírsele una vía de agua y yéndose a pique con la carga y la gente abordo, aunque pudo ser salvada gracias a los auxilios prestados oportunamente.
No obstante, esta progresión positiva de la industria del carboneo en la ría, finalmente entró en crisis en 1936 con la guerra civil española y con la Segunda Guerra Mundial, al desaparecer las entradas de buques extranjeros, provocando la desaparición paulatina, tanto de los llamados pontones que tuvieron que levantar anclas para acercarse a las instalaciones portuarias para ser vendidos o ser desguazados, como las instalaciones fijas en tierra que se vieron abocadas a cerrar.
La Compañía General de Carbones desapareció después de sobrevivir a duras penas durante el territorio de la posguerra, hasta los últimos años de la década de 1950, y con ella los puestos de trabajo y los jornales que conllevaba estar en funcionamiento. Y no porque existiese en aquel entonces la cultura de las industrias de saqueo y huida como sucede hoy con muchas empresas que, después de esquilmar los recursos de un territorio, cierran para instalarse en países del tercer mundo.
El motivo en este caso fue por la desaparición de la demanda de carbón al desaparecer las máquinas de vapor y no resultar rentable el depósito instalado de combustible líquido.
No es extraño, pues, que llegasen a Corcubión las grandes penurias económicas para muchas familias de obreros y jornaleros y muchos años de miseria, precariedad, encogimiento de estómagos y falta de horizontes, forzando a numerosos vecinos a convertirse en emigrantes económicos e ilustrarse en las letras del destierro.
Un cierre que provocó una delicada situación para Corcubión y su zona de influencia, sumada a la desaparición de la casa de banca Manuel Miñones Barros, provocada por la represión franquista, cierres que marcaron un antes y un después para la localidad de San Marcos. Y, ya nunca sería lo mismo.
A modo de conclusión, nos queda apostillar que perdida estas dos brújulas, la banca Miñones y el carboneo en la ría, desaparecieron también los últimos emprendedores del primer tercio del siglo XX, quedando solo los trabajos portuarios de carga y descarga de los buques mercantes y de cabotaje que llegaban y salían de nuestro puerto, que también de forma progresiva desaparecieron, fracasando unas iniciativas posteriores que fueron construidas de arena y por tanto destinadas al fracaso, cayendo una a una como caen las fichas de un dominó dispuestas en hilera.
Sobre el telón de fondo de la industria del carboneo, el corcubionés Aquiles Garea está llevando a cabo una investigación exhaustiva con el objetivo de reconstruir documentalmente su historia. Esperamos impacientes el resultado de su ímprobo esfuerzo.