La gente

Juan Ventura Lado Alvela
J. V. Lado EL OTRO LADO

CORCUBIÓN

En estos tiempos en los que los dirigentes políticos desde la Castellana al Obradoiro son incapaces de ponerse de acuerdo ni siquiera para saber qué cosas son las que tienen que acordar -dicho sea de paso, los datos del PIB y del paro parece que hasta agradecen su inoperancia-, y en los que los referentes sociales se definen a golpe de prime time televisivo; si todavía queda algo en lo que creer, eso es la gente.

Los vecinos de Corcubión, por ejemplo, no esperan a que la Xunta, el Estado o quien sea venga a resolver sus problemas porque saben, en buena medida, que nadie lo hará por ellos y que si quieren conservar el paraíso en el que viven deben protegerlo de los terroristas ambientales, que es lo menos que se le puede llamar a los incendiarios.

Estos días en decenas de parroquias de la Costa da Morte se puede encontrar a dos o tres paisanos que, a última hora y porque nadie quería comerse el marrón, salen del trabajo no con la idea de tumbarse en el sofá o dedicarse a lo que buenamente les viniese en ganas, sino con la obligación, entre comillas, de recorrer las aldeas puerta a puerta para que el vecindario, otro verano más, no se quede sin fiestas.

Cientos de directivos, por ponerle un nombre pomposo al abnegado sacrificio; de esos que abren y cierran el campo, atienden la cantina y cortan la hierba si la hay, están devanándose los sesos para ver si convencen al del bar de que les pague las camisetas de la temporada que ya viene y rezan para que la federación no vuelva a disparar las cuotas de los árbitros porque, de lo contrario, las cuentas no salen.

Es ahí, en las personas, en la entrega desinteresada por los demás, por todos, donde reside la esperanza, si es que la hay.