Solemos fijarnos en los premios de la lotería más grandes. Todos tenemos en mente, aunque la mala memoria nos obligue a tirar de hemeroteca para centrarnos en las cifras, las series de fortuna que se han ido dando en administraciones de Carballo, particularmente en la de Alexandra, que en algunos períodos ha encadenado una continuidad de repartos de esos que hacen soñar con los viajes y regalos que se citan en los anuncios que promocionan la primitiva. Nos fijamos en eso, sí, pero a la hora de la verdad si nos cae un reintegro o 20 euros en un boleto ya somos medianamente felices.
El tema. Como a todos nos gusta que haya muchos ceros, si las cifras son menores parece que no es para tanto, o se olvidan rápido. ¡Pero vaya si lo son! El jueves, día de San Pedro, una vendedora de la ONCE que trabaja por la zona de Cerceda, A Laracha y Larín vendió «en pinza», de los que se llevan para la transacción directa, nada menos que cinco cupones, que resultaron premiados con 35.000 euros cada uno. Volvamos a lo de antes: seguro que todos aspiramos a los cuponazos, a esas pagas de muchos miles de euros mensuales durante veinticinco años, o los que sean, pero qué no daríamos por pillar ese pellizco humilde de 35.000 para al menos arreglar la tarde. La vendedora Eva Nogareda Carrillo sabe de esas alegrías. Fue la encargada de repartir la suerte, tan buena que se quedó en un 60 % en su parroquia. Y ayer estaba feliz por ello, y también por haberlo hecho justamente el día de la fiesta. Porque esos tres cupones se fueron para Soandres, de donde es Eva, que celebraba las fiestas patronales. ¡Eso sí que es apuntar!
Esa sucesión de premios relativamente pequeños son además alegrías no solo para los afortunados, sino para esos infatigables vendedores que realizan cada jornada muchos kilómetros por las calles, a pie o en coche de parroquia a parroquia. Poniendo siempre buena cara, atendiendo a todos, tratando de recordar tantos nombres, animando a soltar unos euritos. Pasando a veces frío, soportando la lluvia, aguantando rachas tal vez de horas de no poder vender nada, sufriendo cuando tardan hasta en conseguir una devolución. No, la memoria selectiva tampoco se queda con esos detalles. Con mucho trabajo que en ocasiones no se ve. Pequeñas felicidades como las de la vendedora Eva, con ese dinero inesperado que permite abrir un poco las puertas del cielo, parece que se hace un poco de justicia al esfuerzo que supone salir a la calle tantos días. Como muchos profesionales de numerosos oficios, claro, pero hoy toca hablar de los que tienen la fortuna más cerca. De momento, a esta comarca no le va mal en premios. Pero lo mejor seguro que aún está por llegar.