«¡Adiós curra!»

El religioso deja un gran recuerdo en las parroquias en las que ejerció y en las que impulsó obras, la cultura y el deporte


CARBALLO / LA VOZ

Salto fue su primera parroquia, que estaba por aquel entonces en plena faena de concentración parcelaria. Aquel sacerdote joven a punto de vivir el Concilio Vaticano II aún llevaba sotana y se desplazaba en bicicleta. Por las noches impartía clases a los adultos que no sabían leer. El encerado permaneció aún muchos años en la casa de fábrica parroquial. Un día, cuando subía la cuesta de Cainzadas a golpe de pedal, un niño de unos dos años le gritó: «¡Adiós curra!». Y el cura echó pie a tierra, se acercó a él y le dio un caramelo. Desde entonces, el crío salía siempre a saludar al clérigo al grito de «¡adiós curra!».

A los once meses, tuvo que marcharse y fue a despedirse del pequeño. Le dio a elegir entre una bolsa de caramelos o un silbato metálico de color plateado, que el chiquillo ni siquiera era capaz de hacer sonar. No obstante, escogió el chifle, que conservó durante años hasta que, como todo juguete infantil, acabó desapareciendo, pero no su recuerdo.

Rebelde y pertinaz

Aquel cura era Andrés Rodríguez Arjomil. Luego se iría para a A Ponte do Porto y, más tarde, ejerció en Camariñas. Como en Salto, sembró ilusiones y grandes proyectos, y se granjeó fornidas amistades con gentes de todas las clases. Tanto enseñaba a cantar y organizaba coros como promovía partidos de fútbol. Era extremadamente inquieto. Su cabeza siempre daba vueltas con el horizonte puesto en beneficiar a la gente. Se emborrachaba con la alegría ajena. Su bondad era infinita. Era un cura rebelde y pertinaz en sus empeños. Difícilmente daba su brazo a torcer y tenía unos prontos severos. Como si no le importase tener enemigos. Seguro que al arzobispo le salía sarpullido cada vez que hablaba. Consideraba «anticuada» la formación de los sacerdotes y no dudaba en enfrentarse por quimeras a sus propios compañeros. Fue uno de los dos curas concejales que se conocieron en Galicia en el primer mandato constitucional, hasta que los obispos prohibieron la política a sus pastores. Se convenció de que tenía que abandonar el consistorio, pero no daba de todo su brazo a torcer: «Se hai democracia, eu tamén son libre para dar as miñas opinións».

Algunas de sus homilías fueron incendiarias y no dudaba en enfrentarse a quien hiciese falta si creía que tenía razón. En Brens y Ameixenda promovió pavimentaciones de caminos, saneamientos y comunidades vecinales. La última vez que lo vi fue en la carretera: me adelantó con su viejo Seat levantando los brazos y saludando alegremente. No se había percatado de que acababa de rebasar una línea continua. Era así, su corazón incluso se llevaba por delante las normas. En la Dulcería Vella de Carballo adquiría pasteles para agasajar a sus amigos eternos. La enfermedad fue venciendo su vigor y la muerte se lo llevó el viernes. Dejó para siempre callada su alma inquieta. Por última vez «¡adiós curra!».

Buzón del lector

El pasado sábado día 21 despedimos a Don Andrés, cuyos restos mortales han sido inhumados en el atrio de la iglesia de Brens, parroquia en la que administró el sacerdocio los últimos 50 años, hasta hace bien poco.

Hubo un señor cura párroco en Corcubión, don Francisco, que murió en la indigencia más absoluta. Por toda indumentaria tenía unos zapatos, maltrechos, y una sotana raída. Salvó del fusilamiento a varios vecinos trasladados a A Coruña para aquel fin por ser de izquierdas. Hace 60 años los monaguillos de Cee nos peleábamos por llevarle la hoja parroquial los domingos, sabedores de que nos daría una peseta. Pedía prestado para repartir con los más necesitados. Regaló su cama a un vecino pobre, enfermo terminal cuyo lecho era una simple manta en el suelo. Es increíble que todavía no haya sido canonizado. Los tiempos de hoy son otros, pero nuestro don Andrés, párroco de Brens, Ameixenda y Gures guarda un paralelismo asombroso con el referido don Francisco. De ello dio cuenta el señor obispo de Santiago al oficiar la misma-funeral el pasado sábado. La labor social llevada a cabo por don Andrés ha sido inmensa en todas sus parroquias. Convirtió corredoiras enlamadas en avenidas y pistas y organizó a los vecinos para instalar la red de alcantarillado. Lejos de disponer de tesorería, estaba permanentemente endeudado para atender las necesidades de sus parroquias. En fin, murió como don Francisco, sin patrimonio alguno.

Nuestro más rendido homenaje a esta bendita persona. José Marcelino Lema Sanjurjo. Familia Lema Trillo (A Ameixenda)

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