Mi aldea del alma | Las carozas, y otros objetos hechos con juncos

RAMÓN ROMAR

CARBALLO

RUTH MATILDA ANDERSON / HISPANIC SOCIETY-ABANCA

Ramón Romar, nacido en Fornelos, Baio, recuerda algunos episodios curiosos de su niñez

20 sep 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

En mi niñez se aprovechaba todo lo que rodeaba al ser humano, no se desperdiciaba nada, y a todo se le buscaba alguna aplicación. A eso hoy le llaman economía circular. Incluso el humilde junco, a pesar de su poca consistencia, tenía alguna utilidad. Hoy, que yo sepa, en Galicia ya nadie le da uso.  

Los juncos crecen en zonas húmedas, junto a los arroyos. Se cortaban en cierta época del año, se ponían a secar y se machacaban para que soltara la parte más blanda y así obtener las hebras. Algo semejante a lo que se hace con el lino, pero la fortaleza del lino no tiene nada que ver con la del junco, y tampoco su utilidad práctica. Con los juncos básicamente se hacían cestas, carozas (capas), polainas y cuerdas.

El junco formaba parte también de mi repertorio de juguetes, y del de todos los niños de mi edad. Los días que llevaba el ganado a pastar al monte de Roxo me iba junto al arroyo y con los juncos preparaba unos molinillos que ponía en algún desvío de la corriente, sobre dos ramitas de sauce en forma de Y. Todo ello hecho con las manos y con los dientes, sin ninguna otra ayuda. Había veces que no daban ni media vuelta, y se los llevaba la corriente, y había que volver a empezar. Cuando tuve una pequeña navaja, en vez de hacerlos de juncos los hacía de ramas de sauce, y en este caso hacía dos hendiduras, una perpendicular a la otra, en un palo de unos 20 centímetros, y con otro hacía dos aspas con una muesca en el centro para ajustarlas en el palo. Estos molinillos eran más vistosos, y más rápidos dando vueltas con el agua. Y si en la monda de soporte le hacía unas muescas en forma de espiral, todavía eran más vistosos. También hacía unas trenzas o unas cuerdas, pero solo para pasar el tiempo, ya que normalmente las hacía cuando estaban verdes y cuando se secaban se deshacían.

Recuerdo que mi padre hacía unas cestitas con hebras de junco. Primero hacía el armazón, con unas ramitas de mimbre, y luego entrelazaba las hebras de los juncos hasta terminarlas.

También recuerdo las polainas que hacía Maripepa do Aplazadoiro, esposa del antiguo criado Manuel, que se las trocaba a mi madre por unas cuantas mazorcas de maíz. Entrelazando muy prietos unos juncos con otros se conseguía una superficie rectangular que luego se ataba, rodeando las piernas, con cuerdas hechas de propio junco, protegiéndolas del frío y la lluvia.

Las prendas así confeccionadas eran muy calientes e impermeables. Solo tenían el problema de que se empapaban y pesaban mucho, y en la parte baja, al rozarse con el suelo, se deshacían las hebras y duraban poco.

Primero las usaban mi padre y mi hermano Jesús y, cuando se gastaban por la parte baja, las cortaban para igualarlas y me las daban a mí, que tenía la pierna más pequeña.

Capas contra la lluvia, raras de ver por esta zona   

Al respecto de la caroza, la capa que guarecía de la lluvia era más rara de ver en nuestra zona. Recuerdo que no hace muchos años vi unas capas semejantes en Santiago de Compostela, en la plaza de Platerías, en un baile folclórico, donde los bailarines las llevaban, aunque eran más sencillas, peor hechas y de paja de trigo. Hoy en muchos museos gallegos, podemos ver el conjunto de carozas y polainas.

Lo que no olvidaré nunca, fue la primera vez que yo vi una caroza. Fue en una ocasión que fui con mi padre a por un par de bueyes que había comprado por la zona de Salto, y que pasamos por Señoráns. Al pasar por esta aldea me llevé un gran susto. Íbamos los dos en la misma yegua, bajo la lluvia, y alarmado le dije a mi padre: «Mira, mira cómo se move ese pallota». Era un hombre o una mujer que llevaba una caroza, hecha de juncos. Le envolvía totalmente hasta los zuecos, y como se movía de espaldas a nosotros no se le veía la cara. Mi padre me explicó lo que era y que él también la había usado, pero yo nunca la había visto.