Con corazón de padre, un canto de esperanza

Escribe Severino Suáreaz Blanco, párroco en A Coruña natural de Carnio, Treos, Vimianzo


Ya que no fuimos lo suficientemente inteligentes para anticiparnos a la pandemia, ¿estamos siendo al menos capaces de aprender algo de esta terrible historia de dolor? ¿Estamos poniendo en marcha las reflexiones necesarias y los correspondientes procesos de reforma? La calma, cuando vuelve, casi nunca ha mejorado los problemas. Hace falta detenerse, evaluar y hacer verdadero propósito de la enmienda.

Con el miércoles de ceniza hemos iniciamos el camino de la Cuaresma hacia la Semana Santa. Son 40 días que recuerdan los 40 años en los que el pueblo judío atravesó el desierto para regresar a su tierra de origen. Para los cristianos este es el tiempo propicio para pararse a pensar y para decidirse a cambiar lo que haya que cambiar en nuestra vida. Por segundo año consecutivo no habrá actos de culto multitudinarios. Pero no debemos preocuparnos, llegará el momento en que volveremos a disfrutar de los viacrucis solemnes, del Domingo de Ramos, de las procesiones, de las tradiciones, de la calle. Sin duda.

Pero este tiempo de pandemia no es un paréntesis, no puede ser un tiempo perdido. Tampoco puede ser un lamentarnos por lo que no podemos hacer. No podemos hacer de nuestra vida cristiana un museo de recuerdos. Como dice el papa, hay cristianos cuya opción parece la de una Cuaresma sin Pascua, y esto es un despropósito en toda regla: no podemos ser cristianos aburridos y amargados.

Un canto de esperanza

En el actual contexto de preocupación y sufrimiento en el que vivimos desde hace un año y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. Y, sin embargo, el tiempo de Cuaresma está hecho para esperar… ¡Esta Cuaresma y esta Semana Santa tienen que ser más que nunca un canto de esperanza!

Tienen que servir para purificar nuestra fe y nuestras costumbres, para recordar cuál es el culto que agrada a Dios: el servicio a los demás con honestidad, con diligencia, con espíritu fraternal, constante y con alegría, practicando con corazón de padre la acogida y la hospitalidad. Nos lo recordaba Manos Unidas el domingo. En la vida tendremos siempre mucho que hacer y muchas excusas para no ponernos en camino, para no intentar cambiar. Nos guste o no hoy es el tiempo de regresar a Dios. Permitamos que Jesús nos golpee con sus palabras, que nos desafíe, que nos interpele a un cambio real de vida. El centro no somos nosotros, es el amor.

El comienzo de la conversión es reconocernos vulnerables, necesitados de los demás. El camino de la humildad. ¿Me siento necesitado o me siento autosuficiente? El papa escribió: «El maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros».

El ayuno, la oración y la limosna son condiciones y expresión de nuestro deseo de ser mejores. El cristianismo no es una construcción del intelecto, destinada a unas pocas mentes ilustres, sino un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón.

La caridad da sentido a nuestra vida y gracias a ella consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor y con sencillez, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad eterna. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta y con los panes y los peces que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la multitud. Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Año de San José

El papa Francisco ha declarado este 2021 Año de san José porque quiere que crezca la imitación de sus virtudes, su modo de ser testigo del amor de Dios. El papa describe a san José de una manera tierna y conmovedora: un padre amado, un padre en la ternura, en la obediencia y en la acogida; un padre de valentía creativa, un trabajador, siempre en la sombra.

San José nos enseña una fe que no busca atajos sino que afronta lo que acontece, asumiendo la responsabilidad en primera persona. No queda más que implorar a San José la gracia de las gracias: nuestra conversión.

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