Uno podría pensar que dejar el tabaco es complicado y que requiere de una gran fuerza de voluntad. Aunque el tabaquismo no es el peor de los vicios de la sociedad moderna. El plástico, ese enemigo invisible, lisito y transparente, es nuestra mayor adicción.
Hoy día es prácticamente imposible toparse con ningún producto en el supermercado que no lleve algún tipo de envoltorio de tipo plástico. Las bandejas del pollo (ahora también las del pescado) o la bollería industrial son buenos ejemplos. Este último caso es todavía más sangrante, pues cuando uno quiere comprarse un paquete de magdalenas se encuentra con el empaquetado exterior, el individual y el que recubre a cada unidad, que aunque es de papel, acaba también en el cubo de la basura. En total, hasta tres envoltorios diferentes para una sola magdalena.
La fruta también viene cómodamente embolsada para no perder el tiempo en seleccionar las piezas que deseamos (y ya de paso para sacarnos unos céntimos más, pues todo aquello pesado a granel suele ser más barato). Lo mismo con los vegetales, congelados, comidas precocinadas y en charcutería. Es curioso, porque un paquetito de 100 gramos de chorizo, sea de la marca que sea, será siempre más económico cuando es cortado por la mano del empleado del supermercado que cuando lo cogemos directamente del estante. Si a eso le sumamos que en las charcuterías suelen utilizar embalajes parcialmente fabricados en papel, nos anotamos dos tantos: uno para el bolsillo y otro para el medio ambiente.
Y es que no hay que olvidarse que la mayoría de los plásticos no son biodegradables. Partiendo de un punto de vista técnico, su mera estructura molecular es creada de forma artificial. Es un tipo de elemento que no se daría de forma natural, por lo que el propio ambiente no es capaz de asimilarlo al mismo nivel que un pañuelo de papel (3 meses), un corazón de manzana (2 meses) o una cáscara de naranja o plátano (2 años). Una bolsa de plástico tarda en degradarse una media de 10 o 20 años; una botella, 100.
Evidentemente, y dada la configuración del mercado actual, es inevitable acabar acumulando este tipo de productos en casa, pero sí es posible ser responsable al respecto y elegir la mejor forma de gestionar ese residuo. No cuesta nada instalar en casa un cubo de la basura selectivo, ni tampoco enseñar a los chavales desde pequeños que los colectores no tienen diferentes colores porque así son más bonitos, sino porque cada uno tiene su función, La próxima vez que pensemos en tirar un botellín de agua en el cubo de materia orgánica, tengamos cabeza y pensemos que ni siquiera nuestra próxima generación llegará a verla desaparecer.