Todo táctil, pero menos humano


Conducir, como ducharse, permite reflexiones vitales. Artesanos de esta profesión podrían confirmar incluso que es donde se encuentran los mejores titulares, a menudo fuera de tiempo, pero eso es otro caso. Hay decenas de conductores que, cada día, se mueven entre Carballo y A Coruña, y al revés, por la AG-55. Llegando a los peajes -un gasto, por cierto-, no es frecuente encontrar grandes aglomeraciones, pero sí es cierto que, aun cuando hay algunos vehículos más de lo habitual, la fila más abundante es la humana. Dos cabinas tienen encima el letrero «automático», pero no parecen ser muchos los que prefieren lo supuestamente más rápido al dinero o la tarjeta en la mano. Supuestamente más rápido, porque la realidad es que hay que pelearse con los billetes doblados, o con las monedas que no admite, o incluso con el brazo que no llega: sacarse el cinturón, acercar más el coche... intentarlo. Por el otro lado, por el humano, la hilera ya ha avanzado. Uno ha perdido contacto, salvo que tenga mucha suerte y todo cuadre a la primera. Creo que nunca me ha pasado. Cierto es que no queda más remedio, cuando a altas horas alguno de los peajes ya no tiene operarios. De un tiempo a esta parte todo se ha vuelto más táctil, pero a costa de agrandar distancia. En el banco, pantallas. Para muchos organismos oficiales, pantallas. Ya solo vale el ordenador (o el móvil) si uno quiere gestionar determinados documentos. En algunos centros comerciales, máquinas: en Ikea o en Zara uno ya no solo puede comprar, sino que también se puede cobrar a sí mismo. Supuestamente, también es mucho más rápido. Se ha extendido asimismo el autoservicio en las gasolineras: permite salir de apuros, aunque por las redes circulen esas bromas reflexivas sobre si uno se ha sacado antes el título de manejo de combustibles.

A los mayores -e incluso a los jóvenes- no les queda otra que acostumbrarse a los avances. Va con los tiempos y es lo que viene. Sin embargo, parece imposible que una máquina llegue a imitar la emoción que produce una voz, o el servicio atento de alguien que explica la diferencia de clases o que ofrece caramelos mientras se acaba de llenar el depósito.

Conducir, decía, permite reflexiones vitales. Tal vez sea de estudio por qué aún los conductores prefieren la cabina humana a las automáticas. Quizás no responda a vaguería, sino a trabajadores como el que a veces una se encuentra pasada la una de la madrugada, en el peaje de Larín. «Ola amiga», «ola maestra», «¿como vamos»? Uno puede ir muy cansado, pero ante sonrisas siempre se responde bien y en cierta medida cambia la jornada. Lo contrario puede ser táctil, pero no humano.

Por Patricia Blanco CIUDADANA

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