Carballo / la voz

Los faros son emociones. Visitarlos en la Costa da Morte supone acercarse a la historia de una comarca íntimamente ligada con el mar y la navegación. Bien podría decirse que, aquí, los faros tienen más simbolismo que en ningún otro lado: el nombre de la Costa da Morte no es casual y la historia de algunos de ellos va unida a sucesos y naufragios. Son vigías del destino. Es esta una tierra de leyenda y el itinerario costero que crean, la línea litoral que trazan, desde el de As Sisargas hasta el de As Lobeiras, merece más de una y de dos paradas. Realmente imprescindibles, Nariga, O Roncudo, Laxe, Vilán, Punta da Barca, O Lago, Touriñán, Fisterra y el faro Cee, este último situado en Corcubión, atesoran y guardan muchas vivencias propias.

Es el faro de Fisterra uno de los que más visitantes atrae, por su situación geográfica, por la interpretación mística del fin del mundo conocido para los romanos, o por el principio y el fin de la vida que representa la puesta de sol. Si hay una más que justificada, esta es. Fin do Camiño, allí rematan su ruta peregrinos de todas las nacionalidades. Fisterra es uno de esos centros que mueven el mundo y, aunque actualmente el edificio del faro no está abierto, merece mucho la pena lanzarse con la mirada al abismo del Atlántico. Resulta excepcional.

Sí puede visitarse -y, de hecho, alberga una sala de exposiciones- el faro Vilán de Camariñas. Por su entorno, erguido el actual (1896) sobre un peñasco de 105 metros de altura, es sin duda uno de los más bellos. Contemplarlo con cierta perspectiva, tratar de comprender la magnitud de los acantilados y dejarse empapar por el paisaje es más que recomendable. Vino a sustituir al anterior, de 1854, en gran medida a raíz del naufragio del Serpent (1890), que dejó 173 víctimas mortales después de acabar el navío sus horas en la Punta do Boi, lo que daría origen al Cemiterio dos Ingleses. Vilán fue el primer faro de España con luz eléctrica, hecho del que se conmemoraron 120 años en el 2016.

O Roncudo se ha labrado asimismo un fiero nombre en la Costa da Morte. Es el nombre de un cabo que también da identidad propia a los que, dicen, son los mejores percebes del mundo. Verano e invierno, el faro de Corme merece una visita, ya no solo por el entorno, sino por la carretera misma que conduce desde el puerto de la localidad hasta el cabo: serpenteante, empequeñece a uno si mira de frente los embates del océano Atlántico. Las blancas cruces del entorno, en las rocas, evocan hechos trágicos que nadie olvida, las vidas rotas por el mar. A veces no perdona. Los pueblos mariñeiros de esta comarca saben bien de las largas esperas, y mejor aún lo saben quizás las mujeres y las viudas del mar. A Espera es, precisamente, el título que da nombre a una hermosa escultura situada a escasos metros del faro de Laxe, en la Punta da Insua. Todo ello es parte del embrujo de la Costa da Morte.

Nariga y Touriñán también tienen razones que los hacen singulares

Junto a Fisterra, de los primeros faros de España, y junto a Vilán, el primero con luz eléctrica a nivel estatal, el faro de Nariga (Malpica) también tiene en su tiempo el matiz diferencia. Es el más moderno de la Costa da Morte. Construido en 1994, su apariencia lo convierte en un referente en cuanto a integración de arquitectura y paisaje. Evoca la proa de un barco (el faro es el mástil) y sus terrazas permiten algunas de las mejores vistas de esta comarca. En el mascarón, el atlante de Manolo Coia, cautivadora escultura de bronce. A escasos metros, otras esculturas naturales, pétreas. No le será difícil reconocer a algún animal.

Finalmente, Touriñán (Muxía) no solo destaca como balcón al mar. Tiene el valor añadido de ser el punto de despedida del último rayo de sol en la Europa continental durante dos meses al año, fruto de sus coordenadas geográficas. En el entorno, uno de los «mellores bancos do mundo».

O Camiño dos Faros, ruta de senderismo de 200 kilómetros entre Malpica y Fisterra, permitirá acercarse a todo esto y más.

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Los guardianes de la Costa da Morte