Los portavoces de la oposición fisterrana, con el buen talante y la cierta sorna que se gastan habitualmente en la corporación, le reprocharon ayer al alcalde que no hubiese elecciones todas las semanas, a ver si así llegaban más a menudo los dineros de la Deputación de A Coruña que ahora esperan. Y el regidor, con la misma retranca, les replicó que ojalá viniese el dinero seis meses antes porque así no le va a dar tiempo a tener las obras listas para venderlas en campaña.
Se trata de una simple anécdota, porque además en este caso todos hablaban medio de coña, pero evoca una realidad tan triste como todavía arraigada en la práctica política de aquellos lugares en los que los representantes públicos tratan a sus administrados como menores de edad, cuando no como algo bastante peor. Escenarios en los que la buena gestión, la capacidad de planificar a futuro, la creatividad y la sensatez se sustituyen por la dádiva farolera que lo único que alumbra son las carencias de quién la practica.
Los que consideran que el camión de zahorra, el tubo para la cuneta o el metro de asfalto hasta la cocina deben llenar la urna con las papeletas del color que ellos pintaron cada vez se parecen más al supuesto espabilado que compra la estampita que al presunto tonto que se la vende.
Para demérito tanto de la democracia como del buen gobierno esta burda estratagema se mantiene viva en directa correlación a la falta de luces de quienes se dejan embaucar por el resplandor de la farola, pero afortunadamente retrocede en la misma medida en la que una sociedad va tomando conciencia del poder que le otorga la representatividad. Y puede que el día en el que lo segundo pese bastante más que lo primero, si es que no lo ha hecho ya, con lo que el espabilado-tonto de turno, cuando se disponga a enchufar la luminaria, como ha cogido por costumbre, se tope con un calambrazo. La descarga que le aclare que gente -aquí también- despierta cada día de la ceguera en la que tratan de sumirla los que nunca quisieron ver.