El tema de la relación entre ciudad, tráfico de vehículos y personas, que es habitual objeto de discusión en los tiempos modernos, carecía de sentido hace un siglo. Y todo ello por culpa de la aparición de los vehículos. La modernidad, pues, tiene sus grandes ventajas pero también muestra sus contradicciones. Y una de ellas es la de que los citados vehículos en muchas ocasiones llegan a ocupar el lugar de las personas.
Lo que sucede es que en esta materia debemos partir casi de la conclusión, es decir, que es imposible alcanzar un consenso generalmente aceptado sobre cuáles deben ser las medidas más adecuadas para la regulación del tráfico rodado y todo lo que se deriva de dicha regulación.
Esa misma polémica es la que está a debate estos últimos días en Carballo, con los controles preventivos de velocidad, los pasos de peatones elevados, y las rotondas, entre otros elementos sobre los que se ha opinado por unos y por otros.
Sin embargo, en mi opinión, la solución al conflicto de intereses que está detrás de este problema no debería olvidar el principio básico de que vehículos y personas no se deben situar en el mismo plano. En efecto, considero que las personas han de estar siempre en primer lugar y, por lo tanto, todas aquellas medidas que contribuyan a mejorar su seguridad cuando transitan en las proximidades de las vías públicas, han de ser de preferente aplicación.
No obstante, partiendo de dicho principio, también tenemos que asumir la ausencia en nuestro país de verdaderos planes educativos en esta materia, hasta el punto de que solo en los últimos tiempos se ha ido incorporando la seguridad vial a los currículos educativos de la enseñanza reglada. Y aun siendo cierto que sería incorrecto pensar que todos los males se solucionan con la educación, también lo es que lo que se inculca en la primera etapa de nuestras vidas siempre cala en nuestras mentes con mayor profundidad.
Por dicha razón, es esta una tarea colectiva que ha de ser abordada desde el ámbito de la política, desde el de la enseñanza y, por supuesto, desde dentro de nuestros hogares.
Solo así llegará el día en que no tengamos que recurrir, como hacemos habitualmente, al ejemplo de esos países europeos que todos alabamos cuando regresamos de visitarlos, pero que desgraciadamente se quedan en el recuerdo a las pocas horas de circular por nuestras calles.