La primavera colectiva

El periodista y escritor vasco recorrió buena parte de la Costa da Morte


Itaca te brindó tan hermoso viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino. Constantino Cavafis.

Galicia (como quien dice Itaca) a 2 de mayo de 2014. Salió el sol en la casa de Auri y Emilio, en Camariñas. Estaba disfrazado de mermelada casera de moras, néctar de naranjas, café con leche y «bos días». Con Auri y Emilio estaban Roco y Sam, una bandada de pájaros, árboles con historia, un ejemplar de Cien años de soledad, un pan recién horneado, y el pájaro carpintero que imaginariamente anidaba en nuestras palabras (golpeando con su pico a las puertas de nuestro corazón), mientras la Costa da Morte nos llamaba junto a la expedición de vascas y vascos que -según La Voz de Galicia- se disponía mochila al hombro a peregrinar a Fisterra.

Pero antes de Fisterra -ya veremos dónde llegamos- escucharíamos a Javier Sesma cantando a Camariñas en el autobús de Ángel, repartiendo roscos de pan y tirando de un grupo de más de cuarenta bajo un oceánico cielo azul, entre bosques de pinos y eucaliptus bajo la atenta mirada de las gaviotas, viendo crecer las patatas de la Costa. Quedarán ya para siempre las playas de fina arena y rocas redondas, el oleaje y los matices del azul infinito donde ochenta ojos se han llenado de silenciosas canciones, tan marineras. Tan cargadas de esperanza.

Qué mérito tiene ser árbol en una ciudad de la globalización planetaria. Y pensándolo bien, qué mérito tiene ser maestro, herrero, limpiadora, cartero, o sencillamente ser humano en una ciudad como Madrid o Nueva York, en una ciudad como Bilbao -y no os digo en otras-, pero en el concello de Camariñas, caminando junto a cuarenta peregrinos/as ocasionales que van -o dice la prensa que van al fin del mundo-, y que van cantando, y hablando hondo, y se descalzan en la playa, y se cogen del hombro, y comparten «panconquesoyvino» y se hacen fotografías, o se caen en zanjas al darse la mano, y se preguntan cómo y por qué, y degustan salitre o pulpo, y al mes de mayo en sus primeros despertares con estos es muy sencillo ser cartero o periodista, llevándoles una crónica de palabras al anochecer. Ser humano aquí es el pan de cada día y más si vas cuesta abaixo empujado por todos los santos.

Entre Camariñas y Muxía puede sentirse que nada nos paraliza, ni a nosotros ni a los sueños, tampoco a Garazi, la última nieta nacida en el seno del grupo -la de Martxelo, en Pasajes (Gipuzkoa)-. Soñemos pues, que aquí es más fácil. Si Alberto o Javier cuentan en el autobús nuestros cuerpos alegres, uno a uno, para que nadie se pierda; yo quiero contar la vida, escribirla. Y fotografiarla. Llevarme en el recuerdo las playas de los cuarenta ladrones de afectos e incluso las de Alí Babá, que aquí es esa señora -Ábrete Sésamo!- de riguroso negro que nos desea que vengamos a Galicia muchos años, o la serena recolectora de algas -tan mal pagada-, o la niña de ojos verdes que nos dice de corrido su nombre con sus dos apellidos, o el pescador al que le falta un dedo, que emigró a Suiza -«apenas tres años, eh!»- pero que solo es feliz en este concello, en este universo en el cual naufragan barcos de prestige y desprestige, en este trozo de Costa da Morte, ya veremos si es da Morte.

Andar en cuadrillas, o en solitario, es bailar. Andar peregrinos. Hoy por la imaginación de Man, por su recuerdo en Camelle. Mañana por Dumbría y Muxía Fisterra puede esperar. Ya nos dijo Cavafis que lo importante no es llegar a Itaca, sino un intenso y largo viaje la mermelada de moras, los Auri y Emilio del mundo, Chiqui incorporándose desde Brihuega, o Javier y Tita desde Madrid. El encuentro con los otros.

Caminar y sentir cómo nos acompañan las mismísimas sombras de las gaviotas, los ojos de los árboles que echan brotes mientras Marian y Carlos Villalba saborean con lentitud, cuesta arriba, la madre Tierra. O Mada y Javier reparten el queso de Zugarramurdi mezclado con el membrillo casero de Maribel.

No caben aquí cuarenta nombres. Pero sí cuarenta sueños, que es uno, el sueño de todos, que es dar pasos, caminar de seguido, casi volar, latir con esta alegría, disfrutando la vida, ampliando el saber, tocando la ventura y el conocimiento la tecla del otro.

Dar pasos, mover el corazón. Ochenta ojos navegan. En ellos hay agua suficiente para soltar amarras. Hay que decirlo: ¡en nuestras ochenta miradas hay una costa! A veces parten barcos, y llegan veleros. Ay amigos, en nuestros cristalinos estalla la Costa de la Vida. Estalla como el hacha de Mikel cuando cae sobre el tronco. Como cuando Karmele o Susana rompen a cantar.

Qué mérito tiene ser árbol en una gran ciudad del orbe. Qué difícil es ser pájaro carpintero en la ciudad de los rascacielos. Qué mérito ser solidario y humano en la urbe de la Crisis. Es verdad Galicia, es cierto que socialmente vivimos en la Costa da Morte, que estamos a punto de naufragar, de rompernos contra las rocas? pero si en las mochilas viaja un brote de amistad, una primavera colectiva, entonces seguro que mañana mismo pasaremos por el pórtico de la gloria, ese lugar que habita en el interior del ser humano, el mejor albergue del otro, venga de donde venga.

Andar peregrinos por Galicia. Andar. Marchar por estos concellos de amistad, y cuando repartáis la torta del pan, no olvidéis que el alemán Man va con vosotros. Caminar y alimentar su memoria. La de Man y la del pájaro carpintero.

Julio Flor es periodista y escritor. De origen vasco, es un hombre muy comprometido con los derechos humanos y autor de varios libros, entre ellos «Contra la ceguera», con Julio Anguita. A inicios de mayo recorrió la Costa da Morte de la mano del profesor Javier Sesma, y dentro de un nutrido grupo de personas.

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