«Cando volvía para a casa era coma unha nova lúa de mel para min»

La Voz

CARBALLO

Manuel Rodríguez, durante un crucero por la Antártida.
Manuel Rodríguez, durante un crucero por la Antártida.

Manuel Rodríguez Sánchez, otro de esos camelláns que desarrollaron la mayor parte de su trayectoria profesional embarcados, resume su vida entre dos grandes pasiones, el mar, por un lado, y por el otro su esposa a la que después de 32 años casados no se refiere con otra palabra que no sea «cariño». En contra de lo que le ocurre a la mayoría de compañeros, pudo compartir algunas de las travesías -las más próximas- con ella y disfrutar al máximo de cada regreso. «Cando volvía para a casa era coma unha nova lúa de mel para min», recuerda ahora que ya hace tiempo que puso pie en tierra y lleva una pequeña empresa de construcción.

Durante esos 21 años de mar, en los que probó algo de todo aunque fundamentalmente hizo cruceros de lujo, con un paréntesis de dos temporadas que pasó casi a la fuerza en Suiza, tuvo ocasión de arribar a las costas de prácticamente todos los países del mundo. Lo sabe bien el montón de pasaportes que conserva y los recuerdos de tantos viajes que copan el trastero casi por completo. Llegó a sitios «onde moita xente pagando non é capaz de estar».

Guarda con especial cariño las imágenes de Ushuaia, la ciudad más septentrional del planeta y los paseos por toda esa zona de la Antártida por los que conducía a acaudalados clientes a razón de «1.000 dólares por persona e día».

También allí, en el negocio de los cruceros, sufrió uno de los mayores sustos que le dio el oficio, con el Vistamar cargado de alemanes y una tripulación de 27 nacionalidades distintas, algo así como una pequeña ONU a bordo. Deshicieron por completo el morro del buque y «os golpes de mar chegaban ata a recepción». Por suerte el incidente no fue a mayores y tanto él como el resto de compañeros llegaron salvos a tierra para embarcarse en nuevas aventuras y también peligros, como el que experimentaron al navegar tres días seguidos de camino a Virginia, en Estados Unidos, sin ningún tipo de contacto exterior al buque; o como el huracán Hortensia de octubre del 84, que a Manuel lo cogió pasando el cabo Fisterra en una travesía de Noruega a Norteamérica.

Eran otros tiempos en que «nos barcos con bandeira de conveniencia había mellores condicións de traballo das que teñen agora moitos españois», pero aquel sector también sufrió su crisis como todos y el curtido contramaestre dejó atrás una etapa de su vida que empezó con 16 años, una edad en la que «daquela xa eras un home». Concretamente, la inició «o 27 de decembro de 1975, ao mes seguinte de morrer Franco» y la disfrutó al máximo, sobre todo con las posibilidades que le dio para conocer mundo. Desde Japón o la costa coreana, pasando por la mayor parte de los paraísos del Índico y el Pacífico hasta algunos de los rincones más exclusivos de América, dejando ya de lado Europa porque era un destino más que habitual, Manuel pudo conocer la mayor parte del mundo y de cada sitio guarda alguna instantánea, tanto en la abundante colección de álbumes familiares como en el fondo de sus ojos totalmente azules. Reconoce que «o mar non deixa de tirar nunca» pero ahora está centrado en la vida que lleva en tierra, en las pequeñas obras que realiza por Camariñas y los alrededores y en su familia, a la que puede dedicarle bastante más tiempo que navegando.