No llueve pero hace algo de frío. Son las ocho de la mañana y estamos saliendo de Berdeogas, municipio de Dumbría. Con el sol a la espalda, pero aún sin calentar, los cinco que somos partimos a paso bastante rápido y con las ansias al mismo ritmo. Se escuchan las primeras bromas sobre los madrugones, los chalecos reflectantes y la posible hora estimada de llegada. Queda mucho camino. Año tras año repetimos la misma experiencia incentivada por nuestras madres.
La peregrinación a Muxía es una de las caminatas que siguen tanto católicos como los que se proclaman ateos, ya que además de la devoción reina un espíritu de tradición que envuelve a todos con el mismo clamor. Lo normal es comenzar a los diez años con un grupo grande de señoras, madres y niños de la misma quinta, organizado para ir a caminar al mismo tiempo que se hacía parada con merendola por los prados vecinos. Risas, cuentos y chismes se entremezclaban en una atmósfera en la que los diferentes pueblos eran el escenario
Nueve y cuarto, después de una carretera llena de curvas y cuestas aparece Senande. Ninguno de nosotros lleva vara ni palo de apoyo, tan solo los ánimos que nos vamos dando cuando asoma alguna ampolla en el lugar menos inesperado del pie. Atravesamos la aldea con los primeros rayos. El perro de la panadera ladra contra el mundo sin sentido alguno mientras el olor a bizcocho y pasteles inunda la recta que va hacia Morpeguite haciéndonos hablar del desayuno, del café y de las veces que hemos ido a andar a la Virxe da Barca. Añobres, Moraime, Os Muíños? Un sinfín de aldeas que cuando comienza la caminata parecen lejanas y se presentan en el pensamiento con un aspecto perezoso, pero conforme se van dejando atrás se llena el alma con satisfacción, demostrándose a uno mismo que es capaz de llegar, de afrontar, de seguir adelante.
Los muchos peregrinos que ya a esas horas se encuentran por las carreteras así lo atestiguan. Gente procedente de los sitios más insospechados como Ponteceso o Cabana aparecen por las corredoiras uniéndose a nuestra causa, compartiendo minutos de destino común. Estamos cerca de Moraime, la cuesta pronunciada saluda desde Os Muíños asegurando la llegada a Muxía. Once en punto. Olor a mar y sonido de gaviotas. El último asalto: la subida al templo. Una victoria a tiempo, una llegada que se repetirá el año que viene con la misma ilusión.
en ruta hasta a barca
vivir el verano
Ninguno lleva vara ni palo de apoyo, tan solo los ánimos que nos vamos dando