Han pasado siete años desde el hundimiento del petrolero, y mucho de lo entonces prometido está todavía pendiente en una zona que, aun así cambió radicalmente
15 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Y ya van siete. El Prestige se aleja de la costa de la memoria bastante más rápido que aquel 13 de noviembre de las playas de Muxía. Siete años. Muchos de los jóvenes voluntarios protagonistas entonces se descubren canas y arrugas que antes no estaban ahí.
El primero de ellos, Josep Figueres, aquel que le entregó una carta al Rey pidiéndole ayuda, tuvo tiempo de escribir un libro, montar una ONG y plantearse algunos documentales. También para él el Prestige comienza a quedar lejos.
De aquel accidente surgieron muchas promesas y planes de inversiones, algunos se cumplieron y otros quedaron negro sobre blanco a la espera de convertirse en algo más. En aquellos días de finales del 2002 y principios del 2003 se hablaba de que el mar jamás se recuperaría de la tragedia. Para ayudarle iban a montar una planta de repoblación de especies en Moreira (Muxía). Pero el mar se recuperó. Los peces volvieron a las lonjas y los percebes a las piedras. Y de la planta de Moreira, que llegó a tener hasta director nombrado, nunca más se supo.
En el «debe» quedan también otras muchas inversiones que hoy siguen coleando en muchas bocas, no sin cierto cansancio.
Hace ya varios años que el parador de Muxía tendría que estar alojando turistas, pero por ahora el proyecto no ha salido todavía de la mente del arquitecto que lo hará, Alfonso Penela, si alguien se decide a solucionar los problemas burocráticos para que pueda firmar el contrato.
A ese parador los visitantes estarían llegando por la autovía de la Costa da Morte, esa cuyo contrato de construcción se rescindió esta semana de mutuo acuerdo entre la Xunta y la empresa concesionaria. Le han puesto nueva fecha: el límite es el 2013.
Pero sí hubo cambios en la Costa da Morte derivados del Prestige. Malpica, Muxía y Fisterra gozan de nuevas fachadas marítimas cuya renovación estuvo directamente ligada con aquella tragedia.
En Muxía, además, tienen un contradique en el que muy pronto podrán a empezar a entrar, si el tiempo lo permite, los yates que se acerquen hasta la Costa da Morte. Más de 200 puntos de amarre. Tarde, pero llega.
Y no solo yates. Los barcos de gran tonelaje podrán hacer puerto el año próximo en la zona. Cierto que deberían estar en Brens desde hace años. Las obras avanzan a buen ritmo y pronto Cee tendrá su gran dársena comercial. Mejor tarde que nunca.
Las tres mareas
Pero la impronta del Prestige en la comarca no se mide solo por el número de obras. Algo más profundo sacudió la Costa da Morte con aquel hundimiento.
La anónima y apartada comarca, la más occidental de España, se mostró al público internacional por primera vez. Al menos con la intensidad con la que lo hizo.
Primero llegó la gran marea negra del fuel, la que enlodó las playas y las rocas, la que dejó en casa durante casi un año a pescadores y mariscadores.
No tardó en surgir la segunda, la de los miles de voluntarios que decidieron mancharse las manos para darle la vuelta a la situación.
Si la primera fue dramática, la segunda fue una experiencia, en positivo, de las que no se olvidan. A ellos está dedicado un edificio en Muxía y una plaza en Laxe.
La tercera marea llegó poco después. Con las playas de la comarca bien conocidas ya en toda España, desembarcó en la Costa da Morte la marea del ladrillo. El fuel que se iba marchando dejaba sitio en la pantalla a bellos paisajes intactos. Un caramelo demasiado apetecible.
De la primera marea, la negra, quedan restos, cicatrices visibles. Basta darse un paseo por la zona de O Castelete, en Camariñas; por Cuño, en Muxía, o por cabo Cee, en Corcubión, o por las calas a las que solo llegan los percebeiros en Santa Mariña y en Fisterra, o por Lires, en Cee, Arou y Santa Mariña (Camariñas), o por Sabadelle (Vimianzo). Las rocas tienen allí un siniestro y mate color negro salpicado un poco por todas partes, como latigazos que poco a poco, milímetro a milímetro, va limpiando el mar. Cuando las olas golpean la arena con fuerza, en la playa de O Rostro, en Fisterra, todavía emergen pequeñas bolas negras de reconocida paternidad.
La segunda marea fue más breve, pero dejó un una mezcla de humanos sentimientos. Matrimonios entre voluntarios, amigos que todavía se visitan y una sensación de gratitud que no desaparecerá.
La tercera marea resultó ser la más compleja. De la noche a la mañana la comarca cambió las leiras de grelos por solares de apartamentos, gran parte de ellos construidos sin orden ni criterio en zonas como la Anchoa, en Fisterra. Allí sigue el hormigón, bastante deshabitado y sin rematar.
Quedó también en la Costa da Morte un extraño vínculo con aquellos días negros de siete años atrás. Entonces, con algún retraso, llegaron a la comarca miles y miles de equipos personales de limpieza y de material para aquella tarea. Nadie sabía en la Costa da Morte de la existencia del mono blanco hasta entonces. Ahora el uniforme de los voluntarios se ha transformado en el que llevan los marineros que en tierra limpian o pintan sus barcos, y hasta en el que visten muchos espantapájaros en medio de fincas no muy lejos del mar. No es que sean iguales que los del Prestige, es que son los mismos, parte de los miles que sobraron. Y los mismos capazos de goma negra, botas verdes de agua y chubasqueros de ese color entonces repartidos con largueza. Ecos y recuerdos de una tragedia cuyo drama se va apagando en la memoria de quienes la vivieron. En O Coído, en Muxía, ya no hay fuel y muchos visitantes no relacionan ya ese paisaje con la imagen que dio la vuelta al mundo hace siete años.