Una familia con mucha chispa

CARBALLO

José iba para panadero, pero cambió su destino al comprar una concesión para fabricar gasesoas, un negocio en el que siempre trabajaron sus hijas

18 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

José Vilar Varela se jubiló hace ya diez años. Sin embargo, todos los días vuelve a ponerse el mono de trabajo para bajar a la fábrica de gaseosas que en 1967 instaló junto a su vivienda, en la parroquia malpicana de Seaia. «Arranquei a pedra do monte de San Adrián para facer os cimientos da casa», recuerda. Baja todos los días a poner las máquinas a punto, a comprobar que todo está en orden. Incluso hoy en día, cuando la burbujeante bebida apenas se vende y parece relegada a las escenas de Cuéntame .

José se resiste a cerrar un negocio en el que, asegura, siempre fue feliz, pero su hija Cristina, actual titular de la factoría, es mucho más práctica. «O romanticismo está ben para as novelas, pero na vida real a xente vai ao práctico e ao barato e as nosas gaseosas xa non teñen mercado. Os hábitos de consumo cambiaron moitísimo», explica.

«Aínda que agora a xente prefire outras bebidas, todas as fábricas da provincia foron pechando e pensei que para nós quedaría o mercado, pero o certo é que xa non se pide nada», reconoce José, quien explica que los clientes de toda la vida «ou foron morrendo ou pechando os seus negocios».

Lejos quedan los grandes tiempos de Gaseosas de Malpica, cuando la fábrica de Seaia sacaba al mercado cerca de 4.000 botellas a la semana y elaboraba cuatro sabores (cola, limón, naranja y la clásica). «Co reparto chegabamos ata Canduas e Corme», cuenta un hombre que, en realidad, nació para panadero. «Meus pais non querían que fose ao mar, que era o que facía todo o mundo en Malpica, así que abriron unha panadería», dice. Pero, paradojas de la vida, José acabó embarcado. Fue durante el servicio militar, que le llevó a Cádiz y a bordo del Hernán Cortés , en donde «facía o pan para os do barco e os infantes de Marina». Incluso realizó el curso de Guardia Marinas, lo que le llevó a escoltar a Franco «cando viña a pescar cachalotes á ría de Corcubión».

A su vuelta de la mili, sin embargo, cambió el pan por las burbujas de la gaseosa. «Na casa comprabamoslle a fariña a María Montáns, que tiña unha concesión en Malpica para a fabricación de boliches. Ela quería deixar o negocio e convenciume de que sería unha boa inversión para alguén novo coma min», recuerda Vilar. Y María Montáns acertó. «En seguida gañei cartos», dice José, para quien los inicios, sin embargo, no fueron nada fáciles. «Estaba tan empeñado que non sabía nin a quen lle debía», cuenta.

Pero logró saldar las deudas. A base de mucho trabajo y con la ayuda de su mujer, Manuel Abelenda, ya fallecida, y sus dos hijas, Isabel y Cristina, que desde muy pequeñas echaron una mano en el negocio familiar. «Mentras que outros nenos ían coas vacas, nós viñamos a poñer os precintos ás botellas», recuerda Cristina, quien también se encargó durante mucho tiempo del reparto puerta por puerta.

José se resiste a tirar la toalla, pero es consciente de que la gaseosa está abocada a desaparecer, así que ya piensa en un nuevo proyecto: abrir un restaurante. El pulpo, dice, lo cocerán en una cazuela de cobre que va a fabricar con la antigua saturadora. A los 75 aún tiene mucho aguante.