Llegó a Carballo hace 26 años, y está a punto de celebrar los 21 de su óptica. Valora mucho poder ir a trabajar a pie, y también el pueblo y los vecinos
22 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Quizás muchos aún no lo sepan. Nicolás, como lo conoce la mayoría, es oriundo del País Vasco. De Portugalete, la del puente colgante, la localidad que hay que cruzar cuando uno viene por toda la orilla desde Santurce a Bilbao, a la vera del Nervión. Si en vez de por Nicolás, que en realidad es su primer apellido, lo conociesen por el segundo, que es Gomendiourrutia (por cierto, hay poquísimos en el país), ya no cabría duda alguna. Ni la hay cuando se habla con él, porque conserva un leve acento vasco, pese a que, desde hace ya mucho, es carballés a todos los efectos: aquí está su vida, su familia, su trabajo, sus amigos. Y además, esto le encanta.
Nicolás es óptico. Su establecimiento, que cumplirá 21 años dentro de un mes, está en la calle Desiderio Varela. ¿Y cómo llega a Carballo un ótico vasco? «Por casualidad. Llegué en el 83, poco después de acabar. Una chica que me conocía me dijo que había posibilidades de trabajar, y me vine». Hasta el 88, cuando montó su negocio, pasó por otros y también regresó un tiempo a Bilbao. Y después lo que pasó fue el tiempo y así hasta hoy. Aquí está muy a gusto, ya desde el principio: «Desde el principio me integré muy bien, empecé a conocer gente. Gente que, siempre, siempre, se preocupaba de que no tuviese ningún problema. La gente es muy acogedora, muchísimo. Tengo amigos ya de siempre, desde el principio, de cuando me abrieron los brazos». El carácter, similar en general entre los del norte, también ayuda. Intentó hablar gallego, se sacó incluso el título de iniciación, pero no es lo suyo. Lo entiende a la perfección, eso sí.
Muchos de esos amigos de siempre se fraguaron en aquellos tiempos en que salía mucho más que ahora, que casi no lo hace. Paseos, vacaciones en Razo... Poco más. Nada que ver con aquellas conversaciones en lugares como el Silfo o A Pedra. De hecho, reconoce que si la entrevista fuese en otra época, la tasca sería el rincón elegido, aunque ahora se decanta por su óptica. Recuerda que, de entonces, le sorprendió ver que se llegaba a un bar y allí permanecían los clientes durante mucho tiempo, hablando unos con otros, al contrario de lo habitual en su tierra, con cuadrillas más cerradas socialmente que van de un lugar a otro. «Aquí se mezcla uno más». Habla de anécdotas en esos bares, como cuando le extrañaba que todo el mundo comía garbanzos y a él no se los ofrecían, con lo que le gustan. Después le avisaron que aquellos garbanzos eran lo que aquí llamamos callos, otra cosa en el País Vasco (y en tantos otros lugares). No solo salía, también aprovechó sus primera época para jugar en sendos equipos de fútbol sala, con el de su bar habitual y uno de profesores.
Comodidad y tranquilidad
En Carballo tiene una vida cómoda y tranquila, como a él le gusta. «Estoy muy a gusto. Es un lujo poder llegar de casa al trabajo andando en muy pocos minutos». También le agrada la forma de vida del pueblo, aunque detecta que se han producido cambios. «Antes, en poco tiempo, conocías a la mayoría de la gente, pero hoy eso ya no es posible. Carballo ha crecido mucho». Y lo sigue haciendo. Pegada a su puerta hay una prueba evidente, con las obras que están peatonalizando la calle Desiderio Varela.
Dentro, en su lugar de trabajo, también ha percibido diferencias con el paso del tiempo. «La vista cada vez se mira más y mejor. Hace 25 años no se acudía tanto como ahora a una revisión». Hoy, la edad influye mucho a la hora de acudir a la consulta y ponerse unas gafas. «Lo que más, por los problemas de la vista cansada». La vida no es la misma de entonces, hay más esfuerzos y eso se acaba tratando.
También ha cambiado el interés por las gafas de sol, aunque Nicolás matiza que es «un mercado aleatorio» en el que influyen muchos factores. Desde luego, el tiempo, o la economía, y la racha de crisis y la lluvia de julio es fácil hacerse una idea de cómo han ido las cosas. «No está el mercado boyante, precisamente. De los últimos años, creo que es el peor, aunque ya hubo otras crisis y momentos malos».
Nicolás ha visto muchos ojos en su vida profesional. ¿De qué color son los de Bergantiños? «La mayoría, castaños». No obstante, en algunas zonas de determinadas parroquias, son los azules los que mandan.