El amor incondicional a las olas

La Voz A CORUÑA |

CARBALLO

Manuel Domínguez lleva desde los diez años en el océano y ni el plutonio, con el que trabajó en la central nuclear de Almaraz, pudo separarle del mar

26 jul 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Emiliano Mouzo Trece horas en el mar. Mirando fijamente al océano para descubrir una mancha brillante que le delate la presencia de cardumen de sardina. Llegar a tierra y atar la red, y palmearla para limpiarla de cangrejos. Ya suman dieciséis horas. Ese es el día a día de Manuel Domínguez Busto, el patrón del barco de cerco Nuevo Cazador , y de su hijo Manolito.

Pero para el mayor esa es su vida que empezó cuando tenía diez años, a bordo del barco de su padre Modesto, el Santa Rosa , en el bravo puerto de Laxe. Las volantas, los trasmallos eran las artes de faena, sin embargo, lo que más le atraía eran las piezas del «xeito», aquellas redes de hilo teñidas de rojo con cascaras de pino manso hervidas, para pescar sardina.

El salitre de la Costa da Morte le empezaba a operar estéticamente sus rasgos de niño. Y el viento lo llevó con solo 15 años a navegar en un mercante por los bravos mares del norte de Europa a bordo del Tercio San Miguel o el San Bruno .

Y después de dos años se preguntó ¿qué era eso de trabajar donde los bueyes apoyan sus patas? Por eso se fue hasta la central nuclear de Almaraz, en Cáceres. Allí subido a las alturas pudo comprobar que la energía atómica, que el plutonio era un veneno. Que lo mejor era respirar los nortes o sures con sabor a mar.

Y regresó a su Laxe natal con 21 años para embarcarse en la arriesgada aventura de comprar el Lázaro . Los caladeros de la Beira o el Corbal lo recibieron con los brazos abiertos. Pero la nave se quedaba pequeña para tanta aventura, y el Nautilus de Camelle fue el recambio.

Con esta nueva nave se enfrentó a mares más negros y amenazantes. Pero el golpe de mar más difícil aún estaba por llegar para Manuel Domínguez. Apareció en forma del Nuevo Nautilus , un barco de última generación construido en los astilleros de A Telleira, en Cabana de Bergantiños. Con él navegó desde Laxe hasta A Coruña, y se atrevió con el golfo de Vizcaya. La merluza, el rape, el cangrejo real eran su pan diario después de luchar todas las horas del día y del año por encima de olas asesinas.

Vuelta a los orígenes

Y con cuatro perras en el bolsillo y la cara llena de sal volvió a sus mares. Se fue a Camariñas y compró el Cazador , un barco de cerco. Regresó a sus orígenes, a ver brillar en el espejo de agua la especie que más le gustó pescar desde que era niño, la sardina.

Manuel Domínguez dice de este pescado que es su amigo de la infancia, y no le falló. Entraba en sus redes a primera hora de la noche y al alba. La máquina iba avante toda, pero para navegar mejor hacía falta una mejor nave, más fuerte y marinera. Y apostó por el acero construyendo su actual barco, el Nuevo Cazador .

Todo marchaba bien. Pero a Manuel no le cuadran ahora los números. «Para mariñeiros nós», dice refiriéndose a los hombres de mar gallegos. Sin embargo, él tiene que conformarse con tripulantes de Marruecos, Perú y del Senegal. «Son boa xente, pero no mar hai que ser mariñeiros, de dúas ou de vinte horas levantando aparello», dice, «e esta xente non está acostumada». Tampoco entiende cómo se permite la importación masiva de sardina de otros mares: «Engañan aos consumidores e a nós quitannos o pan». Pero lo que más le duele es la falta de escrúpulos de algunos compañeros «que sacan do mar sardiña sin empregar redes. Xa me entendes», subraya.

Es por eso que su hijo, Manolito, no apuesta, en el futuro, por continuar con la actividad de su padre: «Está moi complicado. Hoxe o peligro está en terra, nos despachos, non no mar», explica el joven que, de momento, sigue.