María inauguró hace 30 años una de las primeras peluquerías de Carballo?y desde entonces disfruta de una profesión que hoy comparte con su hija
10 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.María Vilariño Pombo se confiesa una enamorada de su trabajo. Se hizo peluquera siendo todavía una niña y con solo 12 años se marchó a A Coruña para aprender a manejar el secador, los cepillos y los rulos. «Non quería ser labradora e esa era a única opción que tiña», explica esta mujer, que 34 años después de haber tomado aquella decisión sigue al pie del cañón. «É un traballo duro e fixen moitos sacrificios, pero si tivese 15 anos e volvese a empezar faría exactamente o mesmo», dice feliz. Le gusta su trabajo, como también le gusta todo lo que tenga que ver con la colaboración social. Forma parte activa de la junta local de la Asociación de Lucha Contra el Cáncer de Carballo y también echa una mano en la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzhéimer de Bergantiños (Afaber) -«saco tempo de onde non o hai», cuenta-. Además, en su opinión, su trabajo como peluquera también tiene mucho que ver con la ayuda a los demás. «É unha satisfacción ver como ás veces ven unha clienta desanimada ou triste e sae máis contenta porque se ve mellor no espello», explica.
Cuatro manos
Durante muchos años ejerció en solitario esa labor terapéutica con las clientas. Primero en Sofán, su parroquia natal, donde nada más volver de A Coruña montó la Peluquería Marujita. Pronto se trasladó a la calle Río Lérez de Carballo, donde permaneció 15 años, pero desde hace 20 está en la rúa do Sol. En ese lugar, la peluquería Marujita se convirtió en María y Chus, ya que al negocio se unió, de forma oficial en 1987, su hija mayor, que, como ella, también se trasladó siendo casi una niña a A Coruña para estudiar en la academia de Enri Colmer. «Tivemos o mesmo profesor», dice Chus, quien mucho antes, cuando volvía del colegio, se subía a un banquito para echar una mano lavando cabezas.
Las dos trabajaron a destajo durante muchos años:«Non eran raras as xornadas de máis de once horas e, como a peluquería é a nosa casa e había tanta xente, en ocasións tivemos que facer as manicuras no pasillo», cuenta Chus.
Las dos insisten en que la suya «nunca foi unha peluquería de cotillas». Lo dicen en el buen sentido y lo explican al añadir que jamás han comprado revistas del corazón. «Só temos o periódico», dicen casi al unísono. La prensa seria y una conversación amena que les ha servido para que muchas de sus clientas se conviertan también en sus amigas.
«A nosa foi das primeiras peluquerías de Carballo e moitas das clientas veñen aquí desde fai 30 anos, así é inevitable que sexamos amigas», se justifica María, quien ha cambiado el rol de hace unos años y ahora es ella la que le hecha una mano a su hija. No en la peluquería, donde son «socias», sino en la casa de turismo rural As Maroas, que Chus inauguró hace casi tres años en A Piña (Sofán). «Era a casa dos meus avós paternos, na mesma na que eu nacín e que restaurei con moito cariño», explica.
El amor se refleja también en el nombre de las cinco habitaciones del establecimiento (los de sus abuelos y su padre) y en las buenas palabras que dedica a todos sus huéspedes, los mismos que, como sus clientas, siempre acaban por convertirse en buenos amigos.