El saqueo de Camariñas en 1809

CARBALLO

En el bicentenario de la invasión de las tropas napoleónicas, poco se conoce de lo ocurrido en la villa encajera, pese a que sufrió uno de los capítulos más trágicos

02 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

El trabajo de los historiadores, profesionales o aficionados, y el cuidado de los archivos, ha permitido conocer con gran lujo de detalles cómo se desarrolló la invasión de las tropas napoleónicas en Cee y Corcubión, hace justamente dos siglos. Existen referencias a otros puntos de la comarca (Dumbría, muy completas; Baíñas y otros pueblos de Vimianzo), pero sin tanto detalle, aunque también es cierto que su protagonismo fue inferior. Llama la atención el caso de Camariñas, lugar estratégico gracias sobre todo al castillo del Soberano, donde ocurrió uno de los episodios más trágicos de la contienda, al menos si se atiende al pormenorizado relato del capitán Nicolas Marcel, que formaba parte de las tropas al mando de Soult y Ney. Uno de los capítulos de su libro (en español, Campañas de España y Portugal 1808-1814 . Ediciones Grenadier) está dedicado al Sac de Camarinès , el saqueo de Camariñas. Lo que sigue es un extracto del texto original, gracias a la traducción facilitada a esta Redacción por Paco Abella. «[...] Hacía dos meses y medio que estábamos en Santiago con el tercer regimiento de Húsares y el 15º de coraceros. Esta caballería casi había agotado el forraje, y la vuelta de las requisas se hacía tan difícilmente que se envió un escuadrón del tercero de húsares al pequeño puerto de mar de Camariñas, con orden de acelerar la recogida de aprovisionamientos. Este escuadrón, compuesto por 65 hombres, llegó al pueblo por la tarde y fue muy bien recibido, pero, por la noche, 64 caballeros fueron degollados. Solamente uno escapó a la barbarie de los españoles a causa de que, alojado en casa de una viuda a la cual había gustado mucho, fue escondido en un baúl por esta mujer, que había sido informada del proyecto criminal que se había planeado. Habían pasado tres días sin noticias de este destacamento que no estaba, sin embargo, más que a ocho leguas de Santiago. Se comenzó a temer lo peor cuando el húsar que huyó de la masacre llegó contando el asesinato. El general Marchand hizo partir inmediatamente a nuestro batallón a las órdenes del comandante Duthoya, uno de los más valientes oficiales del Ejército, cuyo desinterés era conocido. Llevaba órdenes de, luego de haber comprobado la veracidad de los hechos, quemar todo el pueblo y pasar por las armas a todos sus habitantes». Cerca de la llegada a este pueblo ya no nos quedaron dudas de la insurrección general de esta comarca. Todos los habitantes, mezclados con algunos soldados del marqués de la Romana, armados con fusiles, con hoces y con otros instrumentos de labranza, nos esperaban en las montañas. Una legua antes de llegar recibimos la descarga de dos piezas de cañón y más de 4.00 disparos de fusil. No tuvimos un solo herido, y viendo eso, aquella masa indisciplinada buscó ponerse a salvo lanzando gritos horribles. Sin cuartel Nuestros soldados que estaban sin impedimento y podían maniobrar con rapidez, cortaron la retirada a la mayor parte de los insurgentes y todos fueron pasados a la bayoneta, incluidos mujeres y niños, no hubo cuartel para nadie. Entramos en el pueblo y vimos un foso al que habían sido tirados los 64 húsares. ¡Imaginad el furor de nuestros soldados! Considero inútil describir los horrores que fueron cometidos en esta desgraciada jornada. Con excepción de algunos ancianos y algunas mujeres, todo el mundo se había marchado de Camariñas, pero algunos barcos permanecían en la bahía y esperaban nuestra llegada para escapar. Corrimos al puesto y, tan pronto como nos vieron, oímos los gritos desesperados que lanzaban acelerar su partida. Preferían someterse a la suerte de las mareas antes que ser víctimas del furor de los soldados. Algunos se ahogaron al precipitarse hacia los barcos, mientras los marinos remaban con energía a fin de ganar distancia y evitar las balas que se les disparaban. La villa fue sometida a pillaje y se plantó fuego en varios sitios. Quemamos 14.000 fusiles e hicimos explotar gran cantidad de pólvora que los ingleses acababan de desembarcar. ¡Por fin nos reagrupamos! Había que ver llegar a los soldados, uno cargado de percales, otro con telas de Holanda, otros sábanas finísimas, algunos tenían sus morriones llenos e onzas de oro y monedas de plata, algunos doblaban bajo el peso de la vajillas de plata. Algunos infortunados habitantes, que no habían querido abandonar las moradas de sus antepasados, se habían escondido en los hórreos: las llamas los expulsaron de allí. Los soldados se servían de ellos para llevar su propio botín al campamento, pero todo esto no retardaba más que un instante el fin de sus vidas. A pesar de sus lágrimas, de sus rezos y sus protestas de inocencia, a pesar incluso del deseo de algunos soldados de ahorrar estas víctimas, había que ejecutar la orden inexorable [...]». Pese a los detalles que aporta, la falta de una versión alternativa (Marcel, oficial al fin y al cabo, da la suya, y algo de lo que narra parece exagerado) impide evaluar con rigor todo lo que ocurrió, incluso las consecuencias posteriores. ¿Tal vez la llegada a la villa de nuevas familias, procedentes de puertos como Cariño o Noia? ¿La desaparición de unos apellidos y la aparición de otros? Incluso para conocer cómo era el pueblo, seguramente un enorme arenal en la entrada (hasta donde está la iglesia, con un complejo dunar) y un juncal en el entorno de la actual plaza del mercado. O cómo de marcada estaba la división de Buría y el puerto, siendo muy probablemente en este último donde se concentró el ataque.