Corcubión reserva un espacio para recordar la vida en el mar

Laura Matabuena

CARBALLO

En la zona portuaria de la villa de Corcubión, dentro de una zona ajardinada, se encuentra un grupo de monumentos que constituyen un verdadero tributo a la vida marítima.

El conjunto fue inaugurado el 5 de agosto de 1995, coincidiendo con el primer Certame Mariñeiro da Costa da Morte, en presencia de las autoridades locales. Sin embargo, cada una de las tres piezas que allí residen tienen su propia historia.

El cilindro truncado que se encuentra en el centro es, sin duda, el más representativo. El monolito rinde homenaje a Rafael Martínez Vidal, José Manso Brazal, Bernardo García y Antonio Aneiros, cuatro marineros de la Armada Española que perecieron en el cumplimiento de su deber, a bordo del torpedero La Habana, el 5 de abril de 1888. Fueron sus propios compañeros supervivientes y los del destructor Ariete Ferrolano, los que les dedicaron el monumento años después de la tragedia.

En principio, este monolito estuvo situado en el antiguo cementerio y, posteriormente, en una plazoleta junto a la casa consistorial, hasta que finalmente fue instalado en un jardín junto al muelle.

A uno de sus lados una jaula encierra en su interior un barco que rinde homenaje a todos aquellos emigrantes que hubieron de dejar Galicia en busca de un destino mejor. En el otro se encuentra un ancla de 3,2 metros de largo que, según los estudiosos y la tradición de la villa, perteneció al buque de guerra Cataluña. Éste iba a ser desguazado en 1933, en Bilbao, y durante el trayecto hacia allí hizo una parada en Corcubión. En el momento de zarpar los tripulantes no pudieron cortar los amarres y el ancla tuvo que quedarse en la localidad.

La pieza fue recuperada del fondo de las aguas pocos meses antes de su colocación definitiva por el club de buceadores Lobeira Pequena.