Rostros da Costa da Morte | Maribel Cabrera Santos La joven inmigrante dominicana asegura que valora de forma muy positiva su integración en Carballo
24 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.«Allá se vive más o menos. Hay mucha miseria», dice, con un hilo de voz Maribel Cabrera Santos cuando habla de su país. No es un diagnóstico erróneo. Es el mismo que tendría cualquier país del Cuarto Mundo. Generan ambientes propicios que incitan a muchos inmigrantes a tomar la libertad de salir de sus fronteras en busca de espacios de libertad y bienestar; lugares donde, -la expresión es de Celso Emilio Ferreiro-, «comer el pan sin lágrimas». Cuando se habla de estos entornos es casi imposible disociar a la protagonista de este reportaje. Nació en la República Dominicana. Lleva sólo un año en Carballo. En su país «las cosas van muy mal». La miseria es casi indescriptible. Esta situación, explica, ha originado un problema social muy grave y común de los países de procedencia de los inmigrantes que conforman un ambiente donde priman la delincuencia y la violencia. «El país es muy inseguro, pero es un país muy bonito como lo es todo el Caribe», dice con la mirada perdida encima de la mesa en la que se podía leer sin equivocarse que ella revive estos dolorosos momentos que atraviesa su país y que, tal vez, han forzado su salida. Pero es muy difícil desligarse de estas raíces. Cabrera Santos aún siente una llamada sorda, la morriña, que le cosquillea la vida. Deseos de regresar Aunque lleva escasos meses aquí en España, manifiesta su deseo de volver. Lo haría en cualquier momento, pero la situación de su país le induce a pensar lo contrario. «Hay tantas razones para volver», dice sonriendo. Explica que una de ellas es estar con sus abuelos, los artífices de su educación. Fueron los que cuidaron de ella cuando su madre se marchó a España. Tenía entonces seis años. Su marcha supuso un cambio para la familia, que se instaló en la capital, a Santo Domingo y, posteriormente, la posibilidad para ella de viajar a España. La segunda razón tiene mucho que ver con el frío. Intenso para el extranjero, suave para el autóctono. «Lo que me hace falta es el calor de allá, porque aquí hace mucho frío». Por último, la dura realidad de haberse separado de sus abuelos y de sus amigos le pesa. Piensa en ellos constantemente. Hay un motivo que subyace en el fondo: no sabe cómo están. Ella pudo escapar de esta vida y no está segura de que ellos, allá, nunca tendrán esta oportunidad. «Hablo con ellas por teléfono. Siempre les pregunto por el tiempo que hace allá, por el calor, como sigue el país. Me dicen que va de mal en peor», asegura Maribel. Cita el ejemplo de las discotecas: ante la degradación de la seguridad, las autoridades han tendido que adelantar los horarios de cierre.