ARA SOLIS | O |

12 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

CUANDO SE inaugura algo en la Costa da Morte hay que hacerlo con pinchos. Vino y empanada, para todo. Se trata de una tradición un tanto curiosa. Porque no importa demasiado a la hora a la que se inaugure el edificio de turno. Vaya por delante que esto no es una crítica, sino una demostración de sorpresa. Que abrimos una casa de la cultura, pues eso, alabamos la cultura mojándonos el gaznate y llenando el estómado de pulpo, croquetas y tortilla. Que se trata del nuevo alcantarillado, pues lo mismo. ¿Por qué renunciar al pincho cuando a todo el mundo le gusta? No sólo las aperturas y cortes de cintas llevan aparejado el condumio. Hay otro aspecto de la vida política que incluso supera al anterior: las recepciones. Entre las más recordadas imágenes, por tener cabida perfectamente en una película de Lynch, la visita de una recua de eurodiputados, en plena crisis del Prestige, a Fisterra. Llegaron a bordo de dos helicópteros. En la escalerilla los esperaban varios coches. Querían ver el chapapote y a los voluntarios en acción, y andaban algo pillados de tiempo. La cosa estaba difícil para la diplomacia municipal: o pinchos de recepción o fuel. Pero todo se pudo conjugar. Se dispusieron unas mesas en el paseo de Corbeiro y se llenaron de sabrosas empanadas, pulpo, calamares y demás clásicos de las tapas hispanas. Allí se dejó a los eurodiputados que, desde lo alto del mirador, podían contemplar, al mismo tiempo que le daban a la mandíbula, a los mozos del buzo blanco dale que te pego a la pala. La visita fue breve, pero bien aprovechada. Seguramente se llevaron una buena impresión de los gallegos, que se toman las cosas con gran filosofía, y hasta puede que alguno pensase que, en caso de guerra, le gustaría ser hecho prisionero por un gallego. Porque antes de nada le daría unos pinchos.