ARA SOLIS | O |
01 mar 2007 . Actualizado a las 06:00 h.NO HAY nadie en la Costa da Morte que no esté de acuerdo en que la zona corre peligro estético. Todo el mundo coincide -y con todo el mundo quiero decir absolutamente todos- en que hay que tomar medidas para evitar los errores que han convertido el Mediterráneo en destino turístico de tercera clase. Todos. Y todos aseguran, además, que es una vergüenza que las cosas se hagan como se están haciendo. En general, con o sin educación, la gente sabe distinguir lo que es bonito de lo que es feo, lo mismo que todos saben que es mejor un BMW que un 600. Por eso, echar la culpa de los desmanes a la falta de educación del personal no es algo muy acertado. La culpa es del bolsillo. Y es que uno puede ser el mayor defensor de que la costa se conserve virgen y se destine a la vida contemplativa de turistas distinguidos, pero si le ofrecen una buena cifra por la leira del abuelo en la playa para montar una discoteca de chunda-chunda, mirará para otra parte y cogerá el dinero. En función de la cifra, claro. Y no sólo eso, sino que con toda seguridad seguirá criticando a los políticos y a los promotores que permiten que el cemento se coma las dunas, tal vez con algún sonrojo, pero nada más. Todos piensan que, total, por una leira hormigonada, no pasa nada. Lo mismo piensa el personal cuando tira una pila usada a la basura: una poco contamina. Lo malo es que al final se juntan toneladas de ellas que sí perjudican. Pues eso pasa con las leiras de la playa. La parte más sensible del ser humano, el bolsillo, es lo que tiene. Que la Anchoa, en Fisterra, está hecha un desastre, es cierto y salta a la vista, pero seguro que los millones que cambiaron de manos en ese proceso han aliviado a muchos el dolor de la visión de su pueblo y han convertido en dulce melancolía evocadora de naturalezas más vírgenes el sentimiento de culpa.