Reportaje | Reconocimiento en marcha El Cabo está a punto de convertirse en Patrimonio Europeo, un escalón inferior al de la Humanidad. La magia del lugar ha atraído a insignes viajeros desde antaño
07 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.?l 10 de marzo del año pasado, el presidente de la República de Eslovenia, Janez Dronovsek, una personalidad internacional en el mundo de los derechos humanos, realizó una visita oficial a España y Galicia. Antes de marcharse, insistió en conocer Fisterra. «Ahora que ya estuve en el fin del mundo, ya podemos volver a casa», dijo, tras permanecer un rato solo, contemplando el horizonte. La visita privada del presidente esloveno, personaje clave en las negociaciones de paz en los campamentos de Darfur, no fue sino una más de las muchas que personalidades de relieve mundial, y otros anónimos en busca del mito (además de miles de peregrinos), realizan cada año, desde hace siglos, al Cabo de Fisterra. Su importancia, y su papel en la historia de Europa, está a punto de ser reconocido -o al menos, eso se deduce de las optimistas declaraciones de los responsables culturales españoles- con la categoría de Patrimonio Europeo. Una distinción que se crea justo este año, cuando se cumplen 50 de la germinación de la UE. Este reconocimiento, similar en el continente al de Patrimonio de la Humanidad en todo el mundo, se determinará entre más de un centenar de candidatos el próximo mes de marzo. Este mes ya se celebrará una reunión preparatoria en Berlín. España compite, además de con el Cabo Fisterra, con el monasterio de Yuste, el Archivo de la Corona de Aragón y la Residencia de Estudiantes. Poco se conoce del resto. En algunos casos, porque aún no se ha hecho público. En Francia sí. Los candidatos de este país son la casa de Robert Schuman, en Scy-Chazelle (Moselle, Alsacia); la abadía de Cluny (Saône-et-Loire, en la región de Borgoña), y el Patio de Honor del Palacio de los Papas (Palais des Papes) en Avignon, según una información facilitada ayer por Laetitia Lebas, de la delegación española de Maison de la France (la oficina turística gala). En todos los casos, lugares muy representativos de país y vinculados a la construcción europea. Francia e Inglaterra En Francia, por cierto, está un cabo y una punta hermana de la gallega, a la que incluso estuvo unida hace unos 80 millones de años, cuando los mundos eran otros: el Pointe du Raz, en el Cabo Sizun, en el Finistère de la Bretaña: un ejemplo de aprovechamiento turístico racional y responsable, y del que el gallego tiene tanto que aprender. También de las otras fisterras europeas, que aspiran a unirse para aprovecharse recíprocamente, y ahí está, para sembrar relaciones, el congreso que se celebrará en el mes de abril en Corcubión. Por ejemplo (otro), el Land's End (fin del mundo) de Cornualles (Cornwall), en el suroeste de Inglaterra, la punta que apunta hacia América en los mapas. Se trata de una aldea al oeste de la península que se ha convertido en una especie de parque temático sobre naufragios. La oferta está planificada a nivel comarcal y el visitante dispone de opciones de ocio, como pabellones en los que se recrean de forma virtual un naufragio y un rescate. El público puede acceder al interior de pequeños barcos-museo o contemplar el casco de un mercante varado. Por el suelo granítico del cabo bretón, en fin, por el de las tierras inglesas, al igual que por el de Fisterra, pasearon ilustres (y no tanto) viajeros. En el gallego recalaron (el catedrático Fernando Alonso Romero ha escrito mucho al respecto) incluso penitentes. En el siglo XIII, la Inquisición francesa y flamenca los enviaban a Compostela o a Fisterra. Jorge Grasaphan, húngaro (siglo XIV); Leon de Rosmithal, checo (XV), Lassota de Steblino (XVI) o Borrow (XIX) son algunos de los múltiples cronistas que divulgaron las excelencias del viejo fin del mundo por las entrañas del continente. Y ahora lo hacen otros viajeros que dejan sus huellas en páginas de Internet o diarios (esta semana, una joven de la la mexicana Ciudad Juárez describía en un periódico local la fascinación que le produjo alcanzar el lugar), o premios Nobel (el último, Torsten Wiesel, de Medicina, dentro de una lista de cierto grosor). Fisterra, el cabo, ha ejercido una atracción nada fatal desde la Prehistoria. Y eso que, para muchos, el vecino y alto Cabo da Nave ofrece vistas mejores (discutible), o que el de más allá hacia el norte, el de Touriñán, hunde su hocico unos segundos de arco más (9 grados y 17 minutos de longitud, en ambos casos) en el Atlántico. Sin embargo, Fisterra es mucho más que un pedazo de tierra que pone fin al occidente conocido. Es un concepto. Un estado, imitado hasta la saciedad. Un Patrimonio Europeo. En eso está.