ARA SOLIS | O |
17 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.LA COSTA da Morte es una tierra marcada por los problemas. La lejanía con respecto a los grandes núcleos ha condenado a este rincón a una especie de aislamiento eterno. La soledad, claro, no es mala cuando está sazonada por la prosperidad. El multimillonario de Zas tal vez se sienta solo, pero seguro que lo lleva con alegría. La soledad de la Costa da Morte es la del pobre, la de los que tienen que seguir emigrando. Esa lejanía con respecto a la civilización ha permitido que en la comarca las leyes sean de otra manera. Durante muchos años aquí no hacía falta pedir licencia para nada. Uno hacía su casa donde le daba la gana. Aparcaba también en cualquier paso de peatones libre o abría su pub hasta que se marchaba, a la hora que fuera, el último cliente. También estaba permitido pescar según las capacidades de captura del profesional de turno. Nada se sabía de topes, ni de descansos, ni de normas. El furtivo más capaz gozaba incluso de cierta consideración y de respeto entre sus pares. Esa laxitud normativa, que sin duda daba cierta paz mental (tampoco se sabía muy bien qué eran los impuestos), tiene también su contrapartida. Si alguien te aparca delante del garaje, reza porque te quite pronto el coche, pero no intentes nada más. Si cuando vas, iluso, con tu carné a buscar legales centollos, no queda ni uno, reza para que el año que viene tengas más suerte. Si te quieres hacer una casa con todas las de la ley, hazte amigo de algún regidor que pinche y corte o ármate de paciencia para conseguir, en un par de años, las licencias. La Costa da Morte, con su lejanía, es pasto de las más variadas vicisitudes. La falta de obligaciones y deberes puede parecer música divina. Pero también es cierto que en esas circunstancias las arbitrariedades son también más dolorosas. Menos mal que todo eso es cosa del pasado.