ARA SOLIS | O |
13 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.HAY ALGUNAS COSAS que nos sacan de nuestras casillas. Suelen ser hechos sin importancia si los tomamos de forma aislada, pero que nos hacen echar humo por las orejas cuando se repiten. Casi siempre son cuestiones menores, pero que acaban con nuestra paciencia porque nos sentimos impotentes y estúpidos al mismo tiempo. A mí, lo que más me molesta es todo lo relacionado con el tráfico. Dentro del coche me convierto en una auténtica energúmena. En muchas ocasiones ni yo misma me conozco y en otras me gustaría no conocerme. Me descompone no poder entrar en el garaje de mi casa porque hay un coche aparcado y tener que esperar cuando un conductor para en medio de la calle para cargar o descargar algo o a alguien. Me pongo nerviosa si paran en doble fila teniendo huecos a unos metros o si tardan mucho más de lo razonable en estacionar. Como peatona tampoco tengo desperdicio. En los pasos de cebra me convierto en un adalid de los derechos de los viandantes e incluso me meto con los conductores que no los respetan. A veces incluso me avergüenzo de mis palabras, pero éstas parecen adquirir vida propia sobre todo cuando la que está siendo avasallada es una persona mayor o un niño. En la calle soy un peligro, pero tengo mis motivos. En mi descargo diré que todos somos muy mal educados al volante y, lo que es peor, aquellos que nos han de castigar por ello, con el código en la mano, pasan, en muchas ocasiones, ampliamente. Los atascos que se producen en Carballo son inexplicables y hacen imprescindible un estudio del tráfico, sobre todo en el entorno de la plaza, donde los camiones del mercado campan a sus anchas y se permite circular a cualquier hora y en cualquier circunstancia por la zona peatonal, incluyendo la calle Coruña.