ARA SOLIS | O |
28 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.LA PRIMERA VEZ que vi Carballo a las 7.25 me sorprendí. Me parecía otro lugar, tan distinto como el Carballo al que llegué, por primera vez, hace veinte años. Entonces, el pueblo era un lugar inhóspito y horrible y, objetivamente, no ha cambiado demasiado, pero el de hoy es mío y el de antes era un extraño. Ahora me pasa igual con el Carballo que se despereza a las 7.25 horas. La gente es otra, con otras historias. A oscuras, en decenas de esquinas, esperan hombres pacientes con bolsas de comida en la mano. Son trabajadores de la construcción. Lo sé porque los datos indican que la mayor parte de la población masculina ocupada construye pisos que ellos nunca podrán comprar. A las 7.25 horas se presenta ante la vista la realidad laboral de este pueblo. Los hombres camino de la obra y las mujeres en los talleres. La oscuridad y la escasa presencia de peatones hace más visibles los talleres de confección que durante el día permanecen prácticamente escondidos. A primera hora de la mañana, la población de Carballo cumple las estadísticas del Inem y los estudios de los sindicatos con una precisión pasmosa. Quizá por lo temprano de la hora, lo cierto es que los hombres y las mujeres no parecen en absoluto felices. Da la sensación de que quisieran estar en cualquier lugar distinto al que ocupan. Lo peor es que a su tristeza se añade la tuya, porque sabes que su vida se mueve en un equilibrio cada día más inestable. Sabes que sus sueños dependen de algo tan irreal como el bum de la construcción y de Inditex. El caso de Calvo ha sido sólo un aviso de lo que puede venirnos encima si no empezamos a buscar alternativas a dos sectores que se agotan. Quizá haya que esperar sólo media hora, porque a las ocho en la calle ya no hay más que bancarios.