Conciencia

CARBALLO

ARA SOLIS | O |

21 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

LO MALO de ver muchas cosas a través de los ojos de los demás es que muchas veces la realidad aparece distorsionada. Quiero decir que no es lo mismo que te cuenten algo a comprobarlo por uno mismo. Ni siquiera es igual observar una fotografía que ir al lugar en cuestión y contemplar lo que hay a tu alrededor. A mí me ocurrió con los devastadores incendios de las últimas semanas. Las fotografías del periódico y las imágenes de la televisión me dejaron el corazón encogido. También lo que me contaban mis compañeros que decían que la devastación había sido total y que donde antes había magníficos montes sólo quedaba un desierto de ceniza. Incluso algunos peregrinos me contaron que el camino Xacobeo, antes frondoso y sombrío era ahora poco más que un páramo de color negro. El alcalde de Cee, el día que las llamas cercaron la localidad, aseguraba que aquello era «apocalíptico», que jamás había vivido nada igual y la verdad es que me transmitió una angustia como jamás la había sentido. Con todo ello me hice una imagen desoladora. En mi cabeza sólo había monte quemado. Restos de hogueras gigantes, enormes ceniceros medioambientales. Sin embargo, el pasado fin de semana tuve la oportunidad de recorrer la Costa da Morte y todavía, si cabe, me quedé más impresionada. Nunca imaginé una estampa tan horrible. Ni las fotos, ni todo lo que me habían contado podían reflejar el estado en el que han quedado algunas zonas de la comarca. Ver los alrededores de Cee totalmente calcinados y el camino hacia Fisterra quemado por completo me llegó al alma pero, sobre todo, me cabreó. Me enfadé con el mundo, con los responsables de tanta destrucción y conmigo misma, por no haber sido consciente de lo que realmente había ocurrido. Tal vez el «pasen y vean» sea la única forma de que otros como yo también se conciencien.