ARA SOLIS | O |

17 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

LOS VERANOS más felices los recuerdo en bicicleta. Todo el día, en bañador y camiseta, a lomos de un vehículo viejo y sin frenos con el que recorría los alrededores de mi casa como si de expediciones a las tierras más lejanas se tratase. Éramos un montón de críos de todas las edades montados en bicicleta, entorpeciendo el tráfico -entonces escaso- y jugándonos la vida derrapando en las curvas, escapando de los perros salvajes -en realidad cachorros juguetones- y emulando a los chicos de Verano azul silbando aquella pegajosa canción que tarareábamos durante tres meses seguidos, alternándola con el estribillo del «no nos moverán del barco de Chanquete». Recuerdo que incluso merendábamos subidos a la bicicleta y que sólo las aparcábamos -las dejábamos caer sin ningún temor- para bañarnos en la playa o chapotear en los charcos de las tormentas de agosto. Éramos felices manchándonos las manos con la grasa de la cadena rebelde que siempre se escapaba en el mejor momento y llegamos a la cima del gozo cuando aprendimos a parchear las ruedas, algo que comenzamos a hacer hubiesen pinchado o no. Nos gustaba correr y frenar en seco -yo con los zapatos, pues no tenía frenos-. Pedalear sin tocar el manillar, lo que nos costó más de una brecha e incluso un fémur roto, y gritar como poseídos mientras sorteábamos baches, peatones o lo que se pusiese delante. Fueron veranos de felices pedaleos que recuerdo siempre que se celebra por la zona algún Día da Bicicleta y veo a los más pequeños moviendo las piernas sin pausa para seguir al pelotón. Familias enteras que disfrutan del deporte y del paseo y que se animan a participar en una de las jornadas más originales de la temporada. Ocasiones como la del domingo en A Laracha que nadie debe perderse. Aunque truene.