ARA SOLIS | O |
07 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.EL PASADO sábado, el día que entró en vigor el carné por puntos, era una gozada conducir por las carreteras de la Costa da Morte. Salvo por salvajes de siempre-¿cuándo desaparecerán de la circulación?-, todo el mundo iba más despacio de lo habitual. Más incluso de lo que marcaban las señales que, en ocasiones, por cierto, son equívocas. El miedo a ser cazados por un control de la Guardia Civil nos hizo a todos un poco más prudentes y, sorprendentemente, más educados. Hacía muchos años que no veía tantos intermitentes funcionando. Ni tantos gestos amables de «pase usted primero», ni tantos conductores cumpliendo escrupulosamente las órdenes de los stops. Incluso en la autopista Carballo-A Coruña los coches iban tan despacio que era posible ver las caras de sus ocupantes. En los tramos donde la velocidad está limitada a cien kilómetros por hora -sí, los hay, tengan cuidado porque cada vez es más habitual que allí instalen un radar- todo el mundo pisaba el freno y algunos hicieron todo el trayecto como si de carretera secundaria se tratase. Ni un papel lanzaron por la ventanilla y mucho menos una colilla de esas que ahora puede restar dos puntitos. El sábado pasado era una gozada circular por la Costa da Morte. Por primera vez en muchos años me sentí segura al volante y, por primera vez en mi vida, pensé que los accidentes de tráfico iban a reducirse de manera tajante. Por primera vez creí que los borrachos dejarían de coger el volante y que la Guardia Civil se emplearía a fondo para dejar sin puntos a aquellos que habitualmente convierten la Costa da Morte en una pista de carreras. El sábado era una gozada circular por la comarca. Pero, pasado el día, pasada la romería. La mala leche ha vuelto a colarse en los vehículos y todos parecen haber olvidado que el sábado fue un gran día. Aunque ahora no lo parezca.