La Junta de Defensa

ALEJANDRO LAMAS COSTA

CARBALLO

CASAL

HISTORIAS DE CORCUBIÓN | O |

15 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

SIGUIENDO LAS instrucciones recibidas del Marqués de la Romana se constituye la Junta de Defensa de Corcubión, presidida por Bartolomé Figueroa y Porrúa, decano regidor que administraba justicia; Antonio Leira y Castro, regidor de la Jurisdicción y excónsul de Inglaterra en Corcubión (con patente de corso); Santiago Domínguez, ex regidor; Francisco de La Barrera Montenegro y Diego Antonio Figueroa (hijo de Bartolomé), procuradores de la villa y jurisdicción; Ángel Escaja Bueno (con patente de corso) y José Porrúa, diputados; Juan María Casal, juez de Fisterra; Juan Antonio Porrúa, alcalde de la villa de Cee; y Pedro Díaz, de la misma vecindad. Esta junta, formada a espaldas del pueblo, es disuelta a los pocos días de su constitución ante la rebelión del pueblo, que no quiere reconocerle autoridad. Ante esta situación se trata de formar una nueva junta y es entonces cuando se enfrentan dos partidos, uno capitaneado por Pedro Lapido y Aguieira, cura de Morquintián, y el otro por Andrés Caamaño, oficial del ejército y natural de Asturias. Lapido, de encendida dialéctica patriotera, es apoyado por el grupo que encabeza Juan Domingo Pizpieiro, cura de O Ézaro. El otro grupo apoya a Caamaño por su experiencia militar. La amenaza enemiga es inminente, los ánimos se caldean y las disputas van a más. Ante esta situación suicida, renuncia Caamaño a presidir la Junta de Defensa en favor de Lapido, quedando Caamaño como instructor de tropa. Con este acuerdo se forma la nueva Junta de Defensa, presidida por Pedro Lapido y Anguieira, con el cargo de comandante en jefe; Juan Domingo Pizpieiro, vicepresidente y con el cargo de segundo general; Bartolomé Figueroa y Porrúa, Diego Antonio Figueroa y Antonio Leira y Castro, vocales; Francisco de la Barrera Montenegro, tesorero, y Ángel Escaja Bueno, secretario. Preparativos de guerra La primera medida que toma Lapido es publicar un bando advirtiendo que «sufrirán pena de la vida y serán declarados traidores a la patria los que no reconozcan a la Junta de Defensa de Corcubión o no le presten obediencia». Y envía órdenes tajantes a todos los caudillos, desde Carnota hasta Laxe, para que se sumen a la alarma de Corcubión. La excepción es Camariñas, que está tomada por el enemigo. La Junta ordena la construcción urgente de cuatro lanchas cañoneras armadas con cañón fijo, y le confía el mando a Manuel Barruti, ayudante de Marina de Corcubión. Comisiona con credenciales a Andrés Aldao, abad de Santa María de Salto, para tratar con el marqués de La Romana el modo y forma de que les suministre armas, munición y oficiales que adiestrasen a la tropa. Esta operación se frustra por haberse retirado el marqués a Oviedo. Entre tanto llegan por mar a Corcubión Manuel Taboada y Cotón, enviado desde Vigo por Bernardo González, Cachamuiña , junto con el franciscano Pedro Romero, que habría de destacar por su protagonismo. Del castillo del Cardenal se traen en carros tres cañones de grueso calibre que se instalan en la cuesta de la Armada asistidos por cinco artilleros aunque sin infantería de apoyo, a la entrada de la villa se montan dos cañones pedreros y, en Ponte Olveira, un violento de bronce y una guarnición con fusilería. Aun sumando las que trajera el coruñés Benito Santos desde Londres, se contaba en Corcubión con escasísimas armas. En el polvorín se guardaron cartuchos y barriles de pólvora. A la alarma se fueron sumando campesinos y marineros de toda la comarca, llegando a alcanzar un ejército de 3.000 voluntarios. Atendiendo la petición de la Junta, los vecinos aportan desinteresadamente víveres y dinero suficientes. Con todo, las armas para pertrechar a la tropa solo llegan a un 20%. El resto, algún sable, picas y herramientas agrícolas de los entusiastas paisanos. Muchos ancianos, mujeres y niños de los alrededores que no eran aptos para la lucha, se refugian en Corcubión creyéndola plaza segura. La Junta ordena crear la alarma fuera del casco urbano en la creencia de que el enemigo buscaría la confrontación, y en el peor de los casos, como la derrota o la dispersión de la tropa, protegería la villa del destrozo. Para ello la instala en Bermún -Pereiriña, donde se improvisa un campo de adiestramiento en el que Caamaño entrena la tropa con toda urgencia. Armamento Entre tanto Antonio Leira consigue abordar a dos fragatas inglesas a la altura del cabo Finisterre, la Endymión y la Loyra . Atendiendo la solicitud de la Junta, le hacen entrega de 3.400 fusiles, cartuchos de fusil y cañón, pistolas, sables, picas, banderas y tambores. Se queda la primera fragata en la ría para prestar apoyo y asesoramiento militar, mientras se despacha la segunda a Londres en busca de mas armas. El recibimiento de los ingleses es apoteósico. La efervescencia patriótica va en aumento al verse armados. Se emite un nuevo bando anunciando que en caso de ataque la Junta alertará a la población con «disparo de cañón y toque de campana de la iglesia de Corcubión». Mientras tanto, los franceses envían una nueva orden exigiendo suministro de maíz, vino y dinero. Pero esta vez, lejos de acatar resignados la demanda, la Junta les responde: «Que vengan ellos mismos a buscarlo». El desastre está servido.