ARA SOLIS | O |

08 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

SE HABLA poco de la pesca de caña. Tal vez porque es un deporte silencioso y meticuloso, tirando a desapercibido. La Costa da Morte está llena de fanáticos. Sus siluetas se recortan entre las rocas de Touriñán, de O Rostro, de Reira. Allí están parado a la caza de la lubina. Muchos se quejan de que sus familias no entienden el gusto por el anzuelo: «Mi mujer me dice que prefiero la pesca que pasar el domingo con ella -decía uno el otro día, algo amargado por la falta de capturas, entre las piedras de Nemiña-, y lo mismo me dice cuando voy al fútbol, pero peor con lo de la pesca. Eso sí, yo no le puedo decir que prefiere el teatro o las sesiones de peluquería antes que estar conmigo, porque realmente deseo que lleguen esos días para largarme de pesca, así que cierro la boca, aguanto el chaparrón y me vengo hasta aquí». Decía también que la verdad es que nunca lograba más que un par de fanecas, salvo una vez, en el 82, que sacó un sargo. Pero seguía soñando con esa lubina gigante que puebla las noches de los pescadores de caña. Conocí a muchos en esa situación. Se iban con sus cajas llenas de trastos a pasar el día ensimismados para volver a casa la mayor parte de las veces con las manos vacías. En el fondo es posible que el único motivo de sus incursiones marinas sea disfrutar del silencio y sí, por qué no, olvidarse de los niños y de sus protestas por los menús de los restaurantes dominicales y de la mala cara de la parienta. La mayoría ni siquiera va con sus amigos, lo hacen solos, con un bocata en la guantera. Lo cierto es que todos regresan a sus casas y a sus vidas de lunes con un mayor sosiego en la cara. Durante toda la semana seguirán soñando con ese mero de diez kilos que nunca llega, y rascarán unos euros del presupuesto familiar para meter en el carrito, ante miradas de censura en el centro comercial, unos plomos o unas rappalas.