ARA SOLIS | O |

13 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

EN LAS carreteras de la Costa da Morte faltan luces. No me refiero a las de los conductores -que también-, sino a las farolas que se colocan en las cunetas. Más bien no se colocan y por eso a veces hay que ir casi a tientas para no salirse de la vía. Si a eso se le une que cada vez hay más peatones a los que les da por pasear de noche -vestidos de oscuro y sin dispositivos reflectantes- y que hay muchas carreteras en obras, por lo que no están pintadas, pues imagínense cómo puede acabar la historia. De vez en cuando y por razones bastante ilógicas aparece una farola en mitad de la nada, alumbrando, curiosamente, hacia una finca vacía, pero vallada, que vayan ustedes a saber a quién pertenece. Pero algo es algo, y a pesar de las muchas preguntas que puedan surgir, siempre se agradece un poco de luz entre tanta negrura. Lo peor de todo es que tampoco serviría de mucho que los responsables de las distintas estradas se decidieran a plantar faroles cada pocos metros. Digo que no serviría de mucho porque tal y como están las cosas, seguro que acabarían siendo pasto de los vándalos -fíjense en las lámparas de la travesía de Coristanco, donde casi no queda ni una entera-, de los conductores bebidos -¿por qué se empotran casi todos contra las señales?- o serían un simple adorno, porque tal y como está la potencia eléctrica por estos lares casi sería mejor plantar candelas a lo largo de la AC-552, pero esta opción, aunque romántica, no sería muy práctica. Así que volvemos a la vieja historia: mientras que las compañías eléctricas no mejoren el suministro en la comarca -¿para qué tantos molinos y tanta producción si aquí no llega ni una mínima parte?- de poco servirá reclamar a las administraciones competentes que mejoren la iluminación en la comarca. Y es que, bien pensado, al final no sólo a las carreteras les faltan luces.