ARA SOLIS | O |
06 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.HAY QUE ver lo que le gusta a la gente pasar miedo. Y hay que ver lo que gustan los rumores y cotilleos. Quizás por eso la mezcla de los dos ingredientes -miedo y rumores- se extiende por la Costa da Morte con una rapidez incontrolable que a estas algunas, lo siento, hasta hace cierta gracia, aunque haya gente realmente aterrorizada. Cuentan por ahí, y algunos insisten en que le ha pasado a un amigo de un amigo de un primo lejano, que una banda del malhechores atemoriza a la comarca. El cuento -sí, es un cuento- cambia de escenario según el narrador de turno y la misma historia puede ocurrir en Cee, Coristanco, Cerceda, Malpica o A Laracha, según convenga. Y el final siempre es el mismo: violaciones o torturas que acaban en el Juan Canalejo. Lo curioso de estos casos es que, cuando se rasca un poco, nadie conoce a nadie que le haya ocurrido. Insisten los contadores de estas historias, también llamadas leyendas urbanas, que son verdad, que le ha pasado a un cuñado lejano de un primo cercano con amigos en cualquier lado, que desconocen el nombre, pero que, juran, son reales. No hagan ni caso. En la Costa da Morte no hay, de momento, bandas callejeras que atemorizan a las jóvenes vírgenes. No hay coches que recorren las carreteras de la comarca buscando víctimas inocentes, ni, ya puestos, cocodrilos que vivan en las cloacas. Al miedo, dicen, se le vence con la lógica, así que piensen por un momento: ¿Realmente conocen a alguien -con nombre y apellidos- al que le haya ocurrido algo de lo que se cuenta por ahí?, ¿no les parece un poco extraño que la misma historia se repita en lugares totalmente distintos?, si es verdad que hay una banda de violadores y matones, ¿por qué nadie, absolutamente nadie, tiene constancia de algún caso real? -insisto, con nombres y apellidos o denuncias ante las fuerzas de seguridad-.