ARA SOLIS | O |
08 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.TOMÁS MONTA todas las mañanas el mismo escándalo. Para desesperación de su madre, y de los vecinos menos madrugadores, todos los días, a las nueve de la mañana, empieza a gritar que no quiere ir al colegio. Que odia el cole, que odia a su madre por obligarle a ir y que odia a su hermana mayor, María, porque se empeña en decir que allí uno se lo pasa muy bien, que los profesores son muy buenos y que en las clases se aprende mucho. Los gritos comienzan a las nueve, cuando su madre lo levanta, siguen durante la ducha y el desayuno y se hacen insoportables cuando los tres -Tomás, su madre y María- esperan el ascensor en el descansillo. En total, media hora de lloros, berridos y alguna que otra patada a cuanta puerta se le pone delante. La situación cambia por las tardes, porque Tomás llega tan cansado que es casi incapaz de articular palabra, aunque siempre hace la misma pregunta: «Mañana no vuelvo, ¿verdad mami?» Y la mami nunca sabe qué contestar. Además de pedir perdón a los vecinos por los gritos diarios de su hijo, la mami de Tomás, también ha hablado con su profesora. Ella le ha explicado que el pequeño es un niño listo, que tiene amigos y que su desarrollo psicosocial está siendo el adecuado. La señorita le ha dicho que Tomás es un chaval despierto y que presta atención a las explicaciones, que casi sabe escribir su nombre y que en clase no ha llorado nunca, así que duda mucho que pueda existir algún problema. Además, le ha asegurado que ningún otro padre se ha quejado.? Tal vez todo se solucione cuando Tomás se atreva a contar lo que le ocurre. O cuando su mami y su profe descubran que, todas las mañanas, durante todo el trayecto del autobús escolar, un niño mayor le da collejas. Tal vez algún día se den cuenta de que los problemas en los colegios de la Costa da Morte también existen, aunque no se vean.