ARA SOLIS | O |
30 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.MUCHO SE habla últimamente de Arriva, y no es por nada bueno para una mayoría: puestos de trabajo en juego, trayectos que tal vez se pierdan y que cumplen su función de servicio público... Eso pesa mucho en el balance social, pese a que el privado hable de autocares vacíos o de pérdidas económicas constantes. Ya ha habido huelgas severas -no por esto, pero una cosa deriva de la otra-, y va a estar complicado encontrar una solución satisfactoria. Para eso están los que mandan y fueron elegidos, para aplicar remedios útiles a los temas difíciles. Para lo fácil ya valemos todos. Tal vez numerosos vecinos aún no hayan captado la dimensión del cambio que puede producirse. El caso es que muchos todavía desconocen lo que es Arriva. Es O Finisterre , sin más, o el coche de línea. ¿Qué Arriva? ¿Hespaña ? ¿Las manos? Todos somos como somos y tenemos hábitos lingüísticos que no nos los quitarán ni los hechos. Como el que nos llama a RadioVoz preguntando por Antena 3, aquella Antena 3 de los ochenta, o como el que pasa por la Revolta de Carballo, aunque ya transcurriesen por sus muros factorías o divadanses . Lo que nos marca una vez no se bautiza de nuevo. Pues así fue, así era, el Finisterre para varias generaciones. En todas las casas nos sabíamos los horarios, los tiempos del viaje, los precios según las paradas. No había otra para ir a Coruña, a Carballo, a Corcubión. Conocíamos los nombres de los conductores, hablábamos con ellos en estaciones importantes -la antigua entonces lo era, a pesar de sus lamentables carencias-, como la carballesa, mientras esperábamos para regresar a casa. He encontrado esta cercanía melancólica y doméstica -ojo: no exenta de algunas críticas- en compañeros de estudios criados allá en el sur pontevedrés, pero ellos la asociaban al tren. El de las cinco, el de las siete y cuarto. Tiempo para leer, conversar, para ver como iban cambiando los sitios de siempre desde una ventanilla que se nublaba cuando llovía o íbamos llenos. Pequeñas historias cotidianas, entonces inocuas y vulgares y que hoy tejen una parte de nuestros recuerdos. A ver si se mantienen.