Fechas improbables y extrañas casualidades

MANUEL SÁNCHEZ DALAMA

CARBALLO

TERRA E XENTE | O |

04 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

UN 20 de agosto, terrible y tórrido, murió mi madre, dejándonos el corazón marcado por la lacerada certeza de una pérdida evitable. Parecía que esa fecha, por sí sola, bastaba para marcar la existencia de cualquiera, pero, justo un año más tarde, otro 20 de agosto, me sorprendió en el trabajo, como un demoledor mazazo, la noticia de la muerte de mi padre. Casualidad, pensé, una más, al parecer, de esas con las que a menudo nos sorprende la vida. Sin embargo, la historia no había concluido aún, pues siete años más tarde, otro 20 de agosto, ahora envuelto en una pertinaz niebla, me encontré tañendo la campana de la iglesia del lugar donde viviera uno de mis familiares más queridos, ese a quien me sentí hermanado desde el primer día y para siempre. Extraño sino, para mí, el de ese día veraniego que como espada de Damocles me mantiene todos los años en vilo, a pesar de que nunca leo los horóscopos ni pierdo el tiempo con chácharas de adivinos. Pensando en estos asuntos estuve la tarde en que, de pie en el dique de Camelle, contemplaba los cada día más depauperados restos de lo que fuera museo de Man. Entonces me percaté de que el alemán -como si de la más perfecta escultura se tratase- nos dejó el cuerpo impreso sobre el cemento del dique, afirmando físicamente la constancia de su desnudo paso por este mundo. Pero. junto al relieve de su enjuta humanidad. Man nos grabó en el muro una fecha: 13-11-1986. ¿Qué me recordaba ese 13 N? ¿Por qué me parecía conocido? ¡Claro, un 13 de noviembre lanzó el Prestige su postrero may day , comenzando la marea negra que asolaría a Galicia y que el mismísimo dique contribuiría a empujar hacia el museo del anacoreta, rematando su espíritu! ¿Quiso el azar, o la providencia, que Man estampara en el muro, 16 años antes, la fecha en que se iniciaría el desastre que le llevó a la muerte? No me extraña, pues cualquier cosa puede esperarse del hombre triste y callado que arribara a Camelle, sin proponérselo, el Día del Espíritu Santo -el de la fiesta del pueblo- y cuyo cuerpo sin vida fuera encontrado un 28 de diciembre, el Día de los Santos Inocentes. Posiblemente estas absurdas coincidencias sólo pretendan insinuarnos que, por alguna razón, Man debía estar 40 años en Camelle, dibujando los círculos que darían notoriedad a su existencia. ¿Y qué nos dejó este hombre, de valor? Algunos dirán: «nada». Creo, sinceramente, que el culto y bien informado alemán no empeñó de balde su vida en ese maravilloso rincón de la Costa da Morte. Es posible que su obra visible hoy, apenas unas cuantas piedras y la destartalada caseta que el tiempo y la desidia pronto reducirán a escombros, no sea lo esencial del legado de este radical personaje. Tal vez junto a sus pertenencias aún no catalogadas estén los folios con los aforismos que durante cuatro décadas escribiera acunado por el silencio, el viento, las piedras y el mar. Tal vez esos aforismos tengan algo que decirnos a los que, sin sosiego, vivimos inmersos en un mundo donde la vanidad es cotidiana dueña del aire y el dinero el único Dios verdadero. A fin de cuentas, escribir lo meditado en soledad ¿no es eso lo que, desde siempre, han hecho esos individuos a los que respetuosamente llamamos filósofos? Aunque, como Diógenes, vivieran en un tonel o, como Bertrand Russell, fueran a la cárcel por pretender nadar contra la corriente. No por gusto, reitero yo, en estas tierras galaicas donde las fechas son tan significativas, llega alguien a una aldea en plena fiesta del Espíritu Santo, graba con antelación la fecha en que nacerá su desgracia final y hace visible su partida el Día de los Inocentes.