Hotel Venecia

LUCIANO CAPURRO

CARBALLO

ARA SOLIS | O |

30 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

¿DÓNDE ESTÁ el hotel Venecia? Se lo preguntaba Cunqueiro, algo melancólico, al volver de Fisterra en un viaje que hizo en 1952. Se lo preguntaba a su vuelta, al pasar por un Corcubión bien mojado por la lluvia y con las luces de Cee como fondo. Eran las palomas de San Marcos. Si mirase más a la derecha, además de las pombas vería el cóndor ígneo de la factoría en la que, como en el monte Olimpo, arde la llama eterna. Pero no hay hotel Venecia. El tiempo jugó al contragolpe y el duque de Bergantiños no podrá jugar al tute con el conde de Dumbría en algún café iluminado por velas en el puerto corcubionés. El tiempo corrió contra la imaginación y se escondieron los personajes que usaban sombrero con pluma y polainas. El de Dumbría fue visto por última vez en las inmediaciones del dolmen de Regoelle pretendiendo a una moza ya no tan moza que demoraba su respuesta. Cuenta José María Castroviejo que cierto día, bajo un cielo tan puro «que daban ganas de llorar de alegría», vio pasar volando en las cercanías de las Sisargas una bandada de cisnes, flores de hielo que huían del frío de Rusia o Finlandia. Pero no eran tal, sino el duque de Bergantiños, el conde de Dumbría y todos los magos que poblaban las piedras, los montes y las playas, en busca de un lugar en el que la tenue luz de los sueños no fuese barrida por los focos de los centros comerciales. En la zona quedaron algunas gentes de costumbres ajuglaradas. Quien así es, según Menéndez Pidal, es «bebedor, tahúr, pendenciero, acompañado de mujeres ínfimas», pero hasta éstos acabaron marchando, no se sabe si por una general aplicación de Concilio de Letrán, aquel que en 1215 le quitó la buena vida a los curas, o porque ya sólo las olas mantenían la poesía de una lugar que pasó de ser «el fin de la tierra» a convertirse en el culo del mundo.