Baldomero Figueroa tiene en su casa de Xornes, en Ponteceso, un verdadero museo de antigüedades restauradas por él mismo
01 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.?n el taller de Baldomero Figueroa se puede encontrar de todo. Desde una enorme bombilla de 2.000 watios de potencia, que se utilizaba antiguamente para iluminar las obras, hasta unos prismáticos de bronce que, según cuenta, fueron utilizados en la guerra de Corea. Su casa, en Xornes (Ponteceso), es una gran caja de sorpresas, en la que se acumulan cientos de objetos y máquinas que fue recopilando y reparando él mismo a lo largo de treinta años. Muchas son donaciones de amigos, vecinos y personas anónimas que algún día se pasaron por la ferretería que tenía en Tineo, en Asturias. Ahora, ya jubilado (también trabajó en Unión Fenosa) se dedica a su mayor afición. Las «joyas» de este pequeño reino son las tres gramolas de la marca His master's voice que presiden la entrada de su taller. Baldomero dice que todavía funcionan: le da cuerda a una de ellas y gira el plato de terciopelo rojo; regula la velocidad, pone el freno y baja la cabeza reproductora que, ahora, sólo se consigue en la India porque es el único país en el que las fabrican. En otro gramófono más moderno hace sonar el tango Langosta , grabado en un disco lo suficientemente grueso para aguantar una púa de acero. También hay dos muebles radio-tocadiscos llegados de sudamérica y Chicago. «Ya sólo el mueble vale un dineral», dice su propietario. El recorrido no acaba nunca y Baldomero se para también en una enorme colección de radios antiguas, tanto que ya casi no encuentra lámparas para hacerlas funcionar. En las estanterías se mezclan proyectores de cine con cepos y surtidores de aceite de los que casi ni se acuerdan los más viejos. Hay pesas de balanza y otra de media luna que es muy buscada por los coleccionistas y que puede aguantar hasta 150 kilos. Hay una motocicleta Tudor, una Derbi y una Montesa con matrícula C-35558. Hay un torno de madera de pedal, un sillón de barbero y un vasculador de leche que, según cuenta Baldomero, separaba el suero de la manteca para hacer queso. Dice también que en cada pueblo sólo había uno porque eran muy caros. Objetos cotidianos En el techo también hay colgados diversos tipos de yugos, asturianos y gallegos. Los más pequeños eran para pueblos donde los caminos eran más estrechos. En este pequeño museo hay candiles de aceite, de gas, faroles y quinqués de todos los tipos. Hay estribos y frenos para los caballos. Hay estañadores, pelexos de vino y cencerros. Todo limpio y muy bien pintado. Otra de las joyas de este enorme muestrario de objetos antiguos es una máquina registradora con piezas bañadas en plata y con la rejilla por donde se metía la antigua cartilla de racionamiento. Por ella le daban una vez 700.000 pesetas. Pero Baldomero no vende sus reliquias. Este vecino de Ponteceso (aunque nació en Mens- Malpica) asegura que disfrutará de su colección hasta que la edad se lo impida: «Mientras yo viva, tendré el gusto de mirar para ellas». Cada semana sigue entrando alguna pieza nueva a su museo y, ahora, el principal reto que tiene es catalogar todos los objetos y comprar un ordenador para tenerlos registrados. Dice también que ya ha prestado alguna de las antigüedades para exposiciones sobre patrimonio etnográfico, pero los resultados no le han gustado: «Colaboré con una muestra que se hizo en Carballo y me devolvieron una pieza con el cristal roto. Todavía estoy esperando a que me lo reparen».