La vida se llena de obstáculos

Elena Silveira
Elena Silveira CARBALLO

CARBALLO

28 ene 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

?uis Varela Garrido vive en Cerqueda (Malpica) y tiene 47 años. El 25 de marzo (cómo se le va a olvidar esta fecha) tuvo un accidente que le cambió radicalmente la vida. Con un golpe de mar, cayó hacia atrás en la sala de la nevera del barco en el que trabajaba como mecánico naval. Se rompió la vértebra número 11 y la médula espinal. Ahora, sentado en la silla de ruedas, dice que el rescate dejó mucho que desear. Recuerda que el helicóptero de salvamento llegó al lugar del suceso, pero ninguno de los expertos que viajaban en él bajó a las bodegas para examinarlo y ver cómo estaba: atrapado en la nevera. Tampoco le inmovilizaron y tuvo que pasar tres horas y media, hasta que el barco llegó al puerto de A Coruña, en la misma postura de la caída y con el cuerpo casi congelado. Tarjeta de aparcamiento Pero el accidente fue sólo el principio de unos acontecimientos inauditos. Luis estuvo en el hospital Juan Canalejo hasta el mes de septiembre, pero hasta diciembre no obtuvo la tarjeta de aparcamiento preferente que debía tramitar el Concello de Malpica. La mujer de Luis, Felisa, tuvo que entrevistarse, incluso, personalmente con el alcalde. El retraso se debió a que durante más de un mes no se celebró en el Ayuntamiento una reunión de la comisión de gobierno. También tuvieron problemas a la hora de solicitar las ayudas para la adaptación de la vivienda familiar. El parte de alta médica, necesario para justificar las obras, no lo obtendrían hasta que Luis salió del hospital y tuvieron que perder una convocatoria y arreglar la casa con el dinero que tenían ahorrado. El matrimonio narra que también ha sido desesperante la tramitación de la tarjeta de pensionista. Baja laboral Ese carnet arreglaría muchas cosas: «Non tería que ir cada quince días ó centro médico para recoller as recetas», dice Felisa. Luis también podría empezar a cobrar la pensión por invalidez, ya que el dinero que recibe sigue siendo el de una baja por accidente laboral. Los dos están cansados de acudir a las oficinas de la Seguridad Social y la respuesta a tanta tardanza es que sus datos todavía no figuran en el ordenador. Luis tampoco pudo acudir a un curso de informática que se organizaba en la Casa do Oleiro porque no había ascensor. Nadie les propuso cambiar las clases a la primera planta. El matrimonio pide menos «pasotismo» en la Administración porque, como dice Felisa, a veces parece que tienen que pedir perdón por que el accidente haya ocurrido. Luis asegura que aún no se ha acostumbrado a su nueva vida. Es incómoda: «Ata agora non te preocupabas nin te fixabas en pequenos detalles, como unha beirarrúa un pouco alta, a anchura dunha mesa nun restaurante ou que haxa un coche aparcado nunha praza reservada para minusválidos», explica. Cree que sería necesaria más ayuda psicológica para que las personas en su misma situación se adapte, otra vez, al entorno: «Ninguén che xenera unha pequena ilusión de cura».