Todos los vecinos saben cómo viven Preciosa y su hijo José. Saben que es casi imposible entrar en la vivienda sin taparse la nariz. O, al menos, disimular un gesto de desagrado. La casa, vista desde fuera, no parece una infravivienda. Sin embargo, por dentro, tiene todos los boletos para ser un nido de infecciones. Ni Preciosa, de 102 años, ni su hijo José, que tiene problemas con el alcohol desde hace años, están capacitados para llevar un hogar. Digan lo que digan los papeles y aunque no tengan certificado de incapacitación. La dejadez y el paso del tiempo (no es falta de dinero, pues los dos reciben una pensión) han hecho mella en la vivienda y es un claro reflejo del «bienestar» del que disfrutan sus habitantes: paredes negras y comidas por la humedad; ropa vieja y sucia amontonada por todas las esquinas; heces de animales en el pasillo, en la cocina y en las colchas de las camas; las almohadas son del color del petróleo y un frutero con peras sustituye a la tapadera del retrete. Comida podrida La lavadora no funciona desde hace tiempo, la televisión sólo sirve para adornar una mesa camilla en la cocina y los cubiertos y las cazuelas están «acorazadas» por una gruesa capa de comida podrida. Y no en uno o dos tenedores: todos los utensilios de cocina. Los vecinos, cuando les llevan un café caliente o una tortilla recién hecha no saben ni dónde ponerla sin mancharla. A Preciosa, a su edad, le cuesta andar, oír y, sobre todo, ver. Consigue ponerse el mandil todos los días y salir a andar un poco por los carreiros de Neaño. Los vecinos, cuando la ven, no dan crédito que haya superado la ola de frío de las Navidades porque en la casa no hay calefacción y la cocina de leña tampoco arde como antes. Tiene 102 años, pero Preciosa recuerda muy bien su cumpleaños: «En marzo fago 103 e son filla de solteira», suelta en retahíla. Sin embargo la memoria la engaña sobre los años que lleva de viuda (más de 35) y la edad de su hijo (entorno a los 60). Ella y José discuten mucho en conversaciones que sólo entienden ellos dos. Sus palabras y sus acciones ponen en evidencia una demencia progresiva. Sin embargo, en el Concello de Cabana dicen que están con las manos atadas: Preciosa y José no les dejan arreglar la casa y también suelen impedir a las auxiliares a domicilio hacer su trabajo. De hecho, la nueva encargada de esta familia tuvo problemas ya el primer día de trabajo para coger agua en un cubo y limpiar. «¡A auga haina que pagar ¿oiches?», le gritaba José desde su habitación. Tampoco es fácil lavarlos a ellos: en la casa no hay agua caliente ni bañera.La asistente social del Concello confirmó que había casos peores... y que no compensaba arreglar la casa. También teme que al separarlos o cambiarles sus costumbres pueda traer consecuencias peores, como la defunción de algunos de ellos. El alcalde, por su parte, mantiene que no pueden actuar en la casa de nadie sin su permiso. Sin embargo, en cualquier momento, el techo de la habitación de Preciosa podría venirse abajo.