Llego a Malpica a las cinco y media de la tarde y el hecho de que no haya un hueco para aparcar desde el cruce de Ponteceso me mosquea, pero me tengo por muy lista y bajo hasta el puerto. Por el camino no encuentro ningún hueco, ni legal ni ilegal. Ni siquiera encima de la acera. Aun así, conozco el pueblo y me sé algunos trucos. En vano. Los alrededores de la nave de rederas también han sido tomados por los automovilistas. En la dársena, entre chalana y chalana hay un coche. O dos. «Porque no flotan -me digo en voz alta- porque si lo hicieran los meterían en el agua». Busco un agujero. Nada. Incluso entre los montones de nasas asoma el capó de algún turismo venido de Madrid o de A Coruña. Al final, cuelo el coche en un rincón y me río de los que siguen dando vueltas. El caso, es que le eché cara y cierta habilidad y además estaba necesitada porque tenía que llegar a la charla de las algas y los erizos. Mientras subía la cuesta junto a la lonja me preguntaba. Si viniera a divertirme ¿pasaría tantos trabajos? Si quisiera pasear ¿no buscaría un lugar con menos apreturas? Si quisiera contemplar un puerto marinero ¿me ensimismaría con uno con más coches que barcas? Yo no lo haría, pero claro, yo soy yo. ¿Qué pensarán los demás?