La vida en una escollera

La Voz

CARBALLO

s. g.

Una mujer de Cartagena habita hace días en la playa de A Ribeira de Fisterra «Como soy de un fin del mundo me dije: pues a otro que me voy». Son palabras de Montse. Montse, a secas, cartagenera de Murcia, una mujer que desde hace una semana vive (malvive) en la escollera de la playa de A Ribeira de Fisterra. Este pueblo le llamó la atención en un mapa, y ahora es ella la que centra el interés de los vecinos, tan poco acostumbrados a este tipo de visitantes. Ésta es su historia.

20 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Lo demás es drama. Primero. ¿Qué hace una mujer viviendo en una tienda de campaña al lado de las piedras? ¿Por qué cada cierto tiempo lava esas rocas, o recoge la basura que encuentra a su alrededor? ¿Y por qué limpia la ropa con agua de mar, cuando el salitre es lejía para los hilos delicados? «Si no limpio, no respiro, me asfixio. De pequeña quería ser barrendera», es su justificación a las labores que tanto interés, más allá de su presencia, han provocado en los vecinos. Montse tiene 44 años y complirá 45 en junio «si antes no me matan», comenta, medio en serio, medio en broma. Es menuda, de piel fina y sus ojos son, efectivamente, azules y claros. Llegó a Fisterra por la casualidad. Tenía vagas referencias y esperaba encontrarse «más tierra dentro del mar». Informada de que eso puede hallarlo hacia el Cabo, se desanima al mirar a sus pies heridos que le impiden caminar. Pero Montse no llegó a este fin del mundo a pie. Lo hizo en autobús. Desde Cartagena hasta A Coruña y de allí a Fisterra y de allí a la escollera. Antes se había ido a Lloret de Mar y a Francia, y ahora no sabe qué le depara su futuro. ¿Por qué se toma una decisión tan complicada? «Mi situación en Cartagena era extrema, por diversos problemas. Había una campaña contra mí. Me desesperé. No tengo casa. Me mataron un perro, tenía que cambiar de aires». No es drogadicta. Tiene una pequeña pensión de invalidez, que no le llega para nada. Fuma Celtas «porque aquí no hay Reales ». Sus padres son catalanes y tiene 12 hermanos. Y un hijo de 25, Rubén, al que dice echar mucho de menos. Y un marido y padre del joven del que se divorció hace seis años. «Yo sin hombres vivo muy bien», sonríe. Montse cuenta todo esto en una castellano modélico, con expresiones atípicas de la gente de la calle. «Mi padre era perito. Yo estudié hasta cuarto curso de Bachillerato. A veces, en este mundo, hablar bien es más perjudicial que hablar mal», confiesa. Otras cosas de su vida van saliendo poco a poco. Resulta increíble lo mal que se porta la vida a veces, dice. «Si la familia te rechaza, ya tienes el título para soportar el rechazo de la sociedad». De vez en cuando suelta algo que no casa mucho, como que algunos problemas surgieron «cuando empezó la campaña anti-lejía en casa». Pero la inmensa mayoría se entiende sólo con mirarla. También está en el punto de mira de algunos niños del pueblo que la han recibido con pedradas, aunque es excepción: la mayoría de los vecinos y la policía local se han interesado por ayudarla y ver lo que necesita. ¿Y ahora? «No sé. Sin dinero no hay muchas posibilidades de andar huyendo por ahí. Pero vale más una vida dura y libre si se mantiene la dignidad». Quién lo sabe.