JULIÁN CARRILLO MÚSICA
08 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Movimiento con que el director, alzando las manos, anticipa a la orquesta lo que viene. Es, ante todo, indicación rítmica, de tempo, pero en él puede ir todo: ritmo y carácter, entradas a tutti y solos, lo previsto en los ensayos, pero también lo no previsto ni ensayado, el momento de inspiración, aquello que hace diferente una versión, dejándola grabada en la memoria de quien la escucha. Como la memorable Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky que nos dejó Eberle el viernes. El maestro austríaco dictó cómo se toca un tutti en fortissimo con ejemplar equilibrio de masas sonoras: maderas y metales redondos y brillantes y cuerda vibrante, intensa y plenamente audible. Su impecable dirección tiene una gran precisión rítmica, con máximo exponente en los pizzicatti del Scherzo, todos los matices regulando la intensidad, clara distinción de las diferentes líneas melódicas y, sobre todo, una gran musicalidad. La Sinfonía para dos violas, conjunto de rock y orquesta, de Rosinskij, es obra a oír más de una vez si se quiere aprehender su contenido. Máxime si es agredida a lo largo de toda su duración, tal vez algo excesiva, por una amplificación desastrosa, un insoportable y continuo ruido de fondo -ya presente en las danzas de Dvorak- y una lamentable ecualización, que deforma timbres y volúmenes. Quiggle y Horn-Sin, aún perjudicados también por ello, respondieron brillantemente a las duras exigencias de la obra. Orquesta Sinfónica de Galicia. D. Quiggle y J. Horn-Sin, violas. J. A. Planas y X. C. Gándara, guitarra y bajo eléctricos. D. S. Mtnez. Casais, batería. Ch. Eberle, director. Dvorak: Danzas eslavas 2 y 8. Rosinskij: Sinfonía para dos violas, conjunto y orquesta. Tchaikovsky: Sinfonía nº 4.