Nuestras rocas

CÉSAR A. MOLINA

NOIA

J. M. CASAL

01 mar 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

VEO FOTOGRAFIADA en todos los periódicos el hacha hallada en Atapuerca, en la Sima de los Huesos, donde se han encontrado ya más de cuatro mil fósiles de humanos de hace cuatrocientos mil años. Trato de imaginarme todo este tiempo y mi mente se niega a concretar tal abstracción. En la foto, el hacha de cuarcita roja, una piedra de río que era el material predilecto de los hombres prehistóricos para hacer herramientas, está sostenida por la mano de un arqueólogo. Me gustaría saber qué sensación le produjo a su piel mortal el tacto con esta materia imperecedera. La renombrada Excalibur no es sólo una pieza arqueólogica, sino también una obra de arte. Su primorosa talla escultórica así lo atestigua. Quizás tuvo una función ritual y simbólica en torno a la muerte. Cientos de cuerpos fueron depositados en la cueva y, junto a ellos, alguien, en algún momento, como recuerdo, como memoria, como ayuda para el viaje, dejó este ligero ajuar, esta bifaz de cuarcita roja no muy superior en tamaño a la mano que la sostiene ante las cámaras. La singular pieza luce estos días, tras cuatro años de estudio en los laboratorios de los paleontólogos, en las vitrinas blindadas del Museo Americano de Historia Natural, en la ciudad de Nueva York. Veo también fotografiadas las miles de piedras ennegrecidas de nuestras playas. Tiznadas y teñidas, una y otra vez, por el fuel. Pequeñas y grandes Caabas de esta nueva Meca del infortunio. ¿Tendrán tantos miles de años como la cuarcita roja de Atapuerca? ¿De dónde habrán llegado? ¿Dónde habrán tomado sus formas? ¿Son más humildes? Con la misma paciencia, con el mismo esmero, con el mismo arte con que nuestros antepasados heidelbergensis -bastante más arcaicos que los neandertales y sapiens - pulieron esos cantos rodados, nosotros ahora hacemos lo mismo para recuperar nuestra mente simbólica. Quizás también, dentro de miles de años, descubran en ellas nuestras huellas, nuestra buena acción ritual. Deucalión, el Noé de la mitología griega (aparece como emblema de la ciudad de Noia), obtuvo la siguiente respuesta del oráculo de Delfos para repoblar la tierra después de la inundación: «Cubrid con un velo vuestro rostro y por encima de vuestras cabezas arrojad, tras de vosotros, los huesos de la abuela». Deucalión y Pirra, su mujer, así lo hicieron y esos huesos no eran sino piedras. Estas rocas, enteras o rotas, que muestran lo que de perdurable y disgregador hay en la vida; estas piedras esparcidas por todo el litoral son aquellas primigenias, proceden del caos, son también restos de héroes, de seres prehistóricos y dioses desterrados. La litolatría en Galicia adquiere, en su costa más extrema y, fundamentalmente, en la Costa de la Muerte, un significado especial. Muchas de esas rocas, que ahora yacen ennegrecidas, manchadas infamantemente, son rocas santas, curanderas y fertilizadoras. De ahí el afán de los indígenas por limpiarlas, por recuperar la imagen ancestral de estas reliquias, de estos huesos de nuestros antepasados. Además, como el propio océano, como el viento o la lluvia y la tormenta, son instrumentos solistas de una gran orquesta natural. Mar, viento, lluvia batiendo contra estas rocas, contra los acantilados, están interpretando como un xilófono la música petrificada de la creación. Dentro de cada bloque de piedra, por pequeño que sea, hay una estatua o un busto de nuestros antepasados, de nosotros mismos. En la superficie de las rocas hay un rostro, una huella dactilar, las líneas entrecruzadas de la palma de la mano. Los voluntarios que trabajan en estos jardines de rocas marinas, limpian los rastros para los arqueólogos del futuro. Cuando ya todos seamos fósiles humanos apilados en una cueva sepulcral, huérfanos de la compañía de los osos o de los cetáceos, pero repletos de plásticos, hierros, cementos, chatarra y estatuas de la Libertad desmochadas, han de quedar estas piedras tan blancas y pulidas como nuestros huesos pelados de homo sapiens u homo videns , han de quedar estas almohadas donde otros soñarán el porvenir que hubo en el pasado.