Día lluvioso de principios de otoño. Un buen momento para escuchar añejas canciones que conforman la banda sonora de una vida y reflexionar sobre viejos temas, aquellos que son una constante a lo largo de los años y que parecen no tener solución. Desde esta modesta esquina de La Voz de Galicia en Barbanza he expuesto en numerosas ocasiones mi opinión sobre lo que debería ser el concepto político de comarca —más allá de un mero trazado en el mapa— y, por tanto, cuáles deben ser sus grandes líneas de trabajo. Que veo no comparten aquellos que han dirigido y dirigen la política en la comarca.
Aquí, como en casi todo, no valen los medios embarazos. De una parte está creer realmente en un ente supramunicipal que afronte de forma conjunta determinados retos que a nivel individual los municipios no pueden resolver o lo hacen de forma deficiente. Creer en la mayor potencialidad de un espacio geográfico común, más allá del enroque en las leiriñas. Buscar la mayor eficacia al menor coste.
De otra parte está la opción de unirse para aprovechar cuatro subvenciones a modo de migajas, eternos discursos demagógicos escuchados en cientos de actos durante los últimos años, los brindis al sol del Barbanza en diversos formatos, un par de vinos en Fitur y cuatro fotos amañadas para vender una unidad de acción que no existe. Pobres son nuestros objetivos y más pobres serán los logros.
Esto ocurre porque en el ámbito público no se está sujeto a la exigencia de responsabilidades reales, como ocurre en el privado. Y ahora que en la política ya se cobra por todo, esta realidad parece un anacronismo.