Navidad «unplugged»

Alicia Fernández

BARBANZA

CAPOTILLO

Ahora que están los políticos y los mercaderes —los más orondos— encendiendo la Navidad, permítanme una reflexión temprana. Con toda la subjetividad de quien suscribe, confesa defensora de la causa.

Todos los recuerdos que tengo de mis primeras Navidades son entrañables y cálidos. Aún siendo tiempos más difíciles para la mayoría de las personas, sin mucho margen para excesos, oropeles o veleidades, llegadas estas fechas, casi todas aparcaban sus dificultades diarias, sus carencias, los tonos grises de la época y la incertidumbre para meterse —en familia y a la vena— un chute de ilusión y de fe. De fe en el futuro y en las personas.

Se divertían los mayores del clan paladeando los momentos de compañía y, al tiempo, cultivaban la imaginación de los pequeños. Ese era el espíritu navideño cuando no había posibles para el dispendio. Pero sí mucha actitud para soñar, porque de poco se hacía mucho.

Hoy en día, aún con todas las objeciones que se puedan poner a la Navidad por los excesos, la superficialidad o los sentimientos de quinta gama, yo sigo disfrutándola. Pero ahora la identifico más con una excusa necesaria que nos obliga a levantar la cabeza de la vorágine que es la aventura de vivir.

Creo que si conseguimos abstraernos de las matracas de importación, no abonarnos a un consumismo desaforado e intentamos escarbar un poco más adentro de nosotros mismos, la Navidad, la idea que de ella forjé en mi infancia, es más necesaria que nunca. Porque también lo es la familia, soñar y creer. Y la humildad para apreciar todo lo bueno —aún pequeño o cotidiano— que tenemos, que sigue siendo mucho.