Aestas alturas del verano deberíamos estar comprobando cómo la normalidad regresaba poco a poco a las celebraciones, con actividades limitadas y controladas que nos hicieran creer que podemos ser responsables y respetuosos con nuestros semejantes. Pero el panorama es bien distinto. Casi no ha arrancado la temporada de las que serían las grandes fiestas de Barbanza y el covid ya ha vuelto a ganar terreno, haciendo planear la amenaza de las restricciones por varios municipios.
Claro que la responsabilidad no se le puede atribuir al Concello de Boiro por organizar unas actividades lúdicas con control de acceso, aforo limitado y público manteniendo las distancias. Seguro que no fue en los conciertos donde se produjeron los contagios. El virus aprovechó, como siempre lo hizo, la relajación en las comidas familiares y en los encuentros de amigos, que se produjeron tanto dentro como fuera de los inmuebles. Las concentraciones en las calles se están convirtiendo en los principales focos de propagación del covid.
Y es con esta conclusión encima de la mesa con la que se debería plantear la conveniencia de seguir adelante con la organización de esas grandes fiestas que ya están en el calendario barbanzano. Es cierto que solo se plantea la realización de pocas y discretas actividades, todas con las medidas covid de rigor, pero también es probable que sirvan de efecto llamada de jóvenes, y no tan jóvenes, ansiosos por disfrutar de las añoradas noches de movida del pasado.
De mantenerse, debería garantizarse la seguridad necesaria para evitar concentraciones de gente.