Hay un loco en A Curota


Hay un loco en A Curota, libre, desnudo, barbudo, indómito como ella. Se alimenta de bayas y liebres, bebe con los caballos, se enfada con los jabalíes y aúlla con los lobos. Ha pasado frío en esa montaña, un frío que lo hace sabio: los pozos más íntimos del alma son gélidos, y por ellos fluye la corriente del saber más hondo. Tiene cicatrices que narran historias de héroes abatidos, de fracaso, de naufragios, no esperes que te hable de gloria, él es un perdedor. Los ganadores siempre me resultan aburridos.

Hay un loco en A Curota, tiene demasiados huesos y tuvo un amor más allá del pan y de la tierra. Mira llover sobre el mar en los días de verano. Alguna vez, de joven, soñó con cambiar el mundo, al final lo único que pudo hacer fue dejar de beber vino, que no es poco. Y vivir en una montaña, que es mucho. Tiene una lanza, una adarga y un rocín flaco. A veces piensa que será hermoso morir cuando llegue la noche.

Hay un loco en A Curota. Mas a alguno le molestaba, era demasiado libre y demasiado loco. Mueven sus hilos para que lo ingresen en una institución mental, lejos de ardillas y estrellas. Ahora si vas a A Curota verás al más grande de los molinos eólicos diciéndole a los pinos en el idioma del viento que, desde que no está al loco, caballero de triste figura, vive más tranquilo: ya nadie lo confunde con un gigante.

Bajo la lluvia, el loco cerró los ojos como si estuviese retrocediendo hacia el interior de sí mismo, hacia el único lugar donde podía cabalgar contra el molino. Él no lo odiaba por ser un gigante, lo odiaba por ser un molino.

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